Viaje a
Neuquen, enero 2007
Protagonistas:
Diana Otero, Silvia Mercère, Ernesto Roig y Francisco Gorricho.
Vehículo: la
Partner 2004 de los Roig.
Kilómetros
recorridos: 4306.
Los
cuatro intrépidos viajeros junto al cráter humeante del volcán Copahue
INTRODUCCION
A Silvia, mi mujer desde hace 37 años,
y a mí nos gusta viajar. Y solemos elegir los viajes para recorrer y conocer,
en lugar de quedarnos “haciendo sebo” en un sitio determinado. También nos
agrada, si podemos, viajar con amigos. A mí, además, me gusta escribir las
experiencias vividas. Lo hago desde joven. Al principio, en forma manuscrita en
un cuaderno. Luego descubrí que era mejor incorporar los relatos al álbum de
fotos, y empecé a usar los nuevos medios técnicos (computadora) para escribir,
posteriormente imprimir los textos, recortarlos y pegarlos como epígrafes de
las fotos. Así cumplían la función de preservar los recuerdos para uno mismo y,
eventualmente, algunos allegados. Es que para mí los viajes tienen su encanto
en tres etapas. La primera es la preparación: trato de juntar material
(información, fotos, mapas) sobre lo que uno va a visitar, e intento planificar
lo más posible la actividad a realizar en cada día. Luego, el viaje en sí, y
por último “la conservación de los recuerdos” con las fotos y el relato, que
permite recrear los momentos vividos, ponerlos en valor y en perspectiva e
incluso profundizar la investigación en aquellas cosas que nos dejaron
interrogantes. Ahora, la existencia de Internet permite un mayor acceso a datos
y a personas. Descubrí que había viajeros que contaban sus experiencias en
páginas propias o en otras conjuntas especializadas en viajes. Así, una vez
decidido el viaje a Neuquen, la “primera etapa”, la de preparación, se
enriqueció con las experiencias concretas de otros viajeros. Me resultó muy
útil la página Viajeros.com, y especialmente la página personal de Omar
Bianciotto, que había hecho un viaje en varios tramos parecido al mío, dos años
atrás. De modo que pensé que yo también podría compartir mis experiencias por
Internet con la esperanza de que pueda dar algunos datos útiles a quienes estén
por viajar para esos lados, o bien alentar a otros a efectuar un viaje similar.
Sería bueno que se fuera formando una red de relatos en la que los interesados
podrían recurrir y aportar, con datos frescos y actualizados permanentemente.
En este caso, lo excelente del viaje realizado
me lleva a recomendarlo efusivamente. Fueron 11 días magníficos. Una primera
etapa en San Martín de los Andes, con mayor intensidad de recorridos por las
inmediaciones, y otra más “tranqui” en Caviahue, con excursiones cortas y el
relax de las termas, compensado por la más exigente de las actividades
realizadas: la subida al cráter del volcán Copahue. La diversidad de ambientes
(la selva valdiviana de grandes árboles en San Martín y la relativa mayor
sequedad de la zona de Caviahue) presentaron sin embargo algunos elementos en
común: los lagos, los volcanes y los pehuenes que dan a la provincia de Neuquen
una fisonomía muy particular y distintiva del resto de la Patagonia. Nosotros
ya habíamos viajado en varias oportunidades al sur, pero nunca habíamos visto
estos paisajes. En esta ocasión, habría que decir que en realidad no viajamos
al sur, sino al oeste, ya que Neuquen está a una latitud similar a Mar del
Plata, y es más: Caviahue y Copahue están un poco al norte.
Además de los
comentarios y referencias prácticas respecto a rutas, alojamientos, comidas,
excursiones, etc., me permití incluir algunas impresiones sobre historia,
botánica, cultura, etc. que puedan motivar al viajero a profundizar en temas
vinculados estrechamente a Neuquen, como pueden ser el pueblo mapuche, las
particularidades de su árbol emblema: el pehuén, la actividad volcánica y termal, etc.
PRIMERA PARTE: EL VOLCAN LANIN
Domingo 14:
desde Mar del Plata a ciudad de Neuquen
Salimos a eso
de las 7:30 por ruta 88 y antes de andar 5 km nos encontramos con un tremendo
accidente que había ocurrido minutos antes. Un auto no identificable,
transformado en un montón de chatarra, se había tragado una columna. Alcancé a
ver dos cadáveres tirados en la ruta, semi-cubiertos por la policía que acababa
de llegar. Al día siguiente nos enteramos por la televisión que fueron 3 los
muertos. Quizá extremando las precauciones luego de esta “advertencia”, paramos
en Batán a comprar en la panadería El Trío las típicas facturas con que
acompañar los mates ruteros y avanzamos por la ruta 88 disfrutando de los
cultivos de girasol en flor. En Neochea cambiamos a ruta 228. Entramos a Tres
Arroyos para conocer su edificio municipal de estilo francés y allí cambiamos a
ruta 3, parando cerca de Bahía Blanca en una estación de servicio a almorzar
unos sandwiches de queso y salame bajo los eucaliptos. Pocos kilómetros al
oeste (más que al sur) de Bahia Blanca el paisaje deja de ser de campiña
pampeana para empezar a transformarse en estepa patagónica. Al cruzar el río
Colorado se entra (paradójicamente) en la provincia de Río Negro, con lo cual
ya estábamos “oficialmente” en la Patagonia. Cometimos el error de haber
llevado salame para varios días, ya que al efectuar el cruce del mencionado río
nos lo hicieron tirar, pese a la apelación enérgica de Ernesto. No dejan
pasar verduras, frutas ni carnes aunque sean secas. Al menos se salvó el
queso tandilero que sí nos duró bastante tiempo.
Una interminable
y desértica recta de 140 km une las localidades de Río Colorado y Choele-Choel,
que es decir los ríos Colorado y Negro. En la primera curva ya cambia
totalmente el paisaje al ingresar al famoso Alto Valle del Río Negro, pletórico
de plantaciones de pera y manzana. En Villa Regina paramos a merendar en una
estación de servicio y llegamos a la pujante ciudad de Neuquen con algunas
horas de luz solar por delante. Para llegar a Neuquén hay que pasar primero por
la aledaña ciudad rionegrina de Cipolletti, y cruzando el río Neuquén ya se
está en la provincia y la ciudad homónima. Cierta curiosidad me ha despertado
saber que este río confluye con el Limay a una muy corta distancia de ese
puente, para formar el Río Negro, y que esa confluencia no sea punto de interés
turístico (en ningún lado se la menciona). Nos alojamos en el Hotel Huemul
(Tres de Febrero 335, 1 estrella, $ 90 la habitación doble) previo despiste que
nos obligó a concurrir en la Dirección de Turismo, donde obtuvimos buenos mapas
y folletos, y salimos a dar una vueltita a pie. Con sorpresa descubrimos que a
dos cuadras del hotel se encontraba el Museo Nacional de Bellas Artes, un
moderno y amplio edificio que resultó ser la única sede del prestigioso MNBA de
Buenos Aires en el interior del país. Y que estaba presentando en esos momentos
una “colección de escultura moderna española con dibujo” de primer nivel, con
obras de Picasso, Dalí, Gaudí, Miró, Chillida, Oteiza y otros. Así que
disfrutamos, y en forma gratuita, de una visita como para insuflarnos el
espíritu con arte del mejor para afrontar nuestras incipientes aventuras. Luego de un corto paseo por el Parque
Central, la avenida Argentina y su continuación Olascoaga, en la cual
comprobamos la intensa vida de esta ciudad, que además da la impresión de ser
ordenada y limpita, regresamos al hotel y con la Partner fuimos a cenar al gran
patio de comidas del Super Jumbo y a dormir, aunque para ello debimos contar
con el auxilio del ventilador de techo, por lo caluroso de la noche. Kilómetros
del día: 990.
Lunes 15: de
ciudad de Neuquen a San Martín de los Andes
Luego de
realizar algunas averiguaciones en casas de repuestos, Ernesto pudo solucionar
un problema técnico de la Partner cambiando la paleta de ventilación. Así
salimos algo tarde, primero siguiendo el curso del río Limay (aunque no se lo
ve en ningún momento) hasta Arroyito por ruta 237; allí tomamos rumbo directo
al oeste por ruta 22, atravesando desolados parajes patagónicos sólo matizados
por la presencia de cantidad de santuarios populares dedicados al Gauchito Gil,
Difunta
Correa y otras divinidades. Surgen de pronto las
importantes poblaciones petroleras de Plaza Huincul y Cutral-Co, con sus museos
dedicados a los dinosaurios y a Carmen Funes, más conocida como La Pasto Verde,
“brava gaucha en los fortines sureños” según la zamba de Marcelo Berbel. En
Zapala giramos por ruta 40, pero esta emblemática carretera cordillerana fue
utilizada por nosotros muy poco en este viaje, en esta ocasión sólo 10 km,
hasta la ruta 46. El motivo del desvío fue una recomendación para visitar el P.
N. Laguna Blanca, 23 km al sur de Zapala. Dicen que el nombre de la
laguna proviene de la cantidad de cisnes que le daban antiguamente ese color, y
el motivo de la creación de este
parque fue justamente la preservación de los cisnes
y otras aves. La decepción fue grande, pues al inclemente sol del mediodía sólo
unas pocas gallaretas nadaban en la laguna, muchísimas menos de las que solemos
ver todos los días en las lagunitas de Punta Mogotes. Hicimos un rápido pic-nic
de sandwiches en estos solitarios parajes y continuamos hacia el sur. Pronto el
camino empezó a ser de montaña, y se
empezaron a suceder bonitas vistas al transitar por el valle del Picún Leufú,
donde nos entretuvimos poniéndoles nombre a las diferentes “geoformas” rocosas que iban apareciendo. Una de ellas era “la cabeza de indio” que aparecía como en bajo relieve dentro de una protuberancia rocosa negra en la cumbre de un cerro. Al tomar esta foto ya el ángulo de visión no permitía ver la figura. Cruzando el río Catan-Lil empezamos a seguir su curso por la ruta 24, de ripio. Aquí sí el camino va casi permanentemente al
costado del río, dando hermosas vistas de sus orillas arboladas. El camino cruza el pueblo de Las Coloradas, que nos llamó la atención por ser seguramente el núcleo poblado de cierta importancia más aislado que encontramos en el viaje. Veinte km más de ripio lo separan de la ruta 40, que por asfalto nos llevaba para el lado de Junín de los Andes. Antes de desviarnos por la ruta 234 hacia esa localidad, apareció por primera vez ante nuestra vista el Volcán Lanín,
suficientemente lejos y pálido como para que casi no se vea en esta foto, en la que registré a Ernesto tratando también de fotografiarlo. Poco antes de Junín la ruta gira hacia el sur y atraviesa esta población en la que habíamos intentado conseguir alojamiento sin éxito. El motivo aparente es la gran demanda habitacional de los pescadores, ya que parece ser éste el centro ideal de pesca. Como para destacarlo, los carteles de madera indicadores de las calles llevan grabado un pescadito. También se destacan cantidad de rosales decorando los bulevares. Cuarenta km más y llegamos a nuestro destino: San Martín de los Andes, en el borde del P.N. Lanin. Nos instalamos en la cabaña (o más bien departamento) del edificio El Montañés, que está sobre la misma ruta, entrando a la población, que ya toma el nombre de Avenida Koessler, Nº 1522, frente a la estación YPF, unas cuadras después del camping del A.C.A. en el cual habíamos estado acampando en 1989. Este lugar fue lo único que conseguimos reservar (aún con 20 días de anticipación) pero resultó cómoda, bien ubicada y económica ($ 160 por día para 4 personas), con la salvedad de que hay que subir escaleras: en planta baja está la cocina y el comedor, en primer piso una habitación y el baño y en el segundo la otra habitación, tipo bohardilla. Como los días son largos en esta época nos quedó luz solar para hacer una caminata, siguiendo por la ruta – av. Koessler, que en la misma esquina cambia de nombre a San Martín, pasamos por la plaza Sarmiento. Poco antes de llegar a la plaza San Martín recabamos información en la concurrida Dirección de Turismo.
La Plaza San Martín
es el centro
neurálgico de esta bonita ciudad, rodeada de cerros arbolados y que ha sabido mantener un estilo arquitectónico
montañés, con mucha madera y techos a dos aguas en sus edificaciones. Por eso
nos regocijamos de haber terminado alojándonos aquí ya que nos pareció una
ciudad bastante más bonita y más equipada que Junín. Siguiendo por San
Martín (me refiero ahora a la avenida, no a la plaza, que tiene también el mismo
nombre que la ciudad), llegamos hasta el Lago Lácar;hay que desviar antes hacia la calle paralela Villegas para acceder al mismo. He aquí un defecto de esta ciudad: tiene muy poco contacto con el lago, ya que, encajonada entre montañas, toca sólo el extremo este del mismo, que tiene forma alargada en sentido este-oeste como casi todos los lagos patagónicos, que ocupan valles transversales en la cordillera. Luego de disfrutar los últimos rayos de un sol muy agradable en la playita,
volvimos por calle Villegas, especializada en gastronomía, buscando de paso un lugar donde cenar. Encontramos “El Bodegón”, Mascardi esq. Villegas, un lugar con buena onda “para gente común”, propiedad de la firma “El Gordo y el Flaco SRL”. El Flaco estaba de vacaciones, el Gordo es el cocinero (la comida es a la olla y en horno de barro) y su mujer además de ser artista atiende muy amablemente las mesas. Buen ambiente, buena comida, buenos precios. Con el corazón contento y la pancita satisfecha, nos fuimos a dormir. Kilómetros del día: 490.
Martes 16: el
volcán Lanin
El proyecto del día era el volcán Lanin. Verlo desde
el norte, por el lado del lago Tromen, y desde el sur, por el Huechulafquen.
Volviendo sobre nuestros pasos, tomamos la ruta 234 hacia Junin de los Andes; a
poco de cruzar la ciudad, en el río Chimehuin se toma la ruta 23, para nuestra
sorpresa, pavimentada nueva, y al cruzar el río Malleo se dobla a la izquierda
siguiendo su curso por ruta 60, también pavimentada. Para entonces ya teníamos excelentes vistas
del Lanín, las cuales van en aumento a medida que nos acercamos. Poco antes de ingresar al P.N. contemplé
emocionado el primer montecito de pehuenes (el nombre cientifíco está en
castellano y es bien clarito: araucaria araucana). Primera vez en mi vida que veo en estado natural
estos magníficos árboles que siempre admiré, característicos y exclusivos de
estas zonas cordilleranas neuquinas, ya que únicamente en Chile, a estas mismas
alturas tiene también su hábitat. Por eso Pablo Neruda le dedicó una inspirada
oda. Sí recuerdo haber visto en Brasil grandes bosques de un pariente
muy cercano, la araucaria angustifolia, cuya madera se conoce comercialmente
como Pino Paraná. Fue en ocasión de viajar a San Pablo. Al pasar justamente por
el Estado de Paraná (capital Curitiba) se divisaban desde el ómnibus estos
grandes árboles muy parecidos a los pehuenes.
La oficina del guardaparque se encuentra justo
enfrentando la cara norte del volcán Lanin, por donde se efectúan
habitualmente los escalamientos. Allí tienen un telescopio para ir vigilando a
los andinistas. En sus inmediaciones nos sacamos esta foto. El volcán no está activo: el
humito en la cumbre no son emanaciones, son nubecitas nomás.
Allí mismo
comienza un corto pero bravo camino hasta el Lago Tromen. Los
guardaparques no se ponían de acuerdo en si podríamos llegar o no con la
Partner, pero igual nos largamos.
Es que el ripio es muy malo, la senda muy angosta, tanto que la vegetación selvática prácticamente se mete dentro del vehículo, y encima hay que vadear el Río Turbio que afortunadamente no era muy caudaloso. Llegamos bien y disfrutamos de una caminata por la larga playa de arenas oscuras (volcánicas). Curiosamente, desde este lago tan cercano no se ve el Lanin. Preferimos no almorzar allí por el intenso calor y la falta de sombra en los lugares destinados a picnic. Regresamos con intención de cruzar el inmediato paso Tromen o Mamuil Malal para estar un rato en territorio chileno, pero desistimos pues nuestras damas no habían llevado documento. De regreso nos desviamos poco antes de llegar a la ruta 23, para visitar la Reserva Mapuche Atreuco. Tras unos 4 km. de ripio en los que nos cruzamos con varias majaditas de cabras y ovejas, llegamos al Galpón Comunitario que estaba cerrado. Al vernos, una niña nos dijo que esperáramos, que lo abren cuando llega gente.
Efectuó un silbido y rápidamente aparecieron los paisanos con sus mercancías. También algunos visitantes más. Abrieron el galpón y exhibieron artesanías en madera, y algunos (pocos) tejidos. Yo compré una pifilka (flauta ceremonial) de lenga, y mis amigos algunos adornos tejidos y en madera.
La influencia
cultural mapuche se percibe en gran parte del sur argentino por los nombres.
Acá cerca de Mar del Plata, llegando a Sierra de los Padres está El Coyunco,
nombre similar a un paraje de Neuquen: Collun-co (Co = agua). La ciudad de
Quequén tiene un nombre muy parecido al mapuche Neuquen (fuerza, ímpetu). Cerca
de Tandil encontramos los arroyos Chapaleofú y Napaleofú (leufú = río, curso de
agua). Y así en cantidad. Es interesante el rescate de ese idioma, reconocido
por su estructura lógica y su sencillez, que se produce al utilizarlo en
comercios, hoteles, etc. Por ejemplo, al lado de nuestro departamento en San
Martín estaba una zapatería de nombre Namún, que significa: pie (El nombre del
famoso cacique Namuncurá significa “pie de piedra”).
Al regresar a la ruta observamos que las márgenes
arboladas del río Malleo ofrecían
un buen aspecto para el postergado almuerzo.
Así que encontramos un
precario lugar por donde bajar y nos instalamos bajo la frondosa arboleda (creo
que eran maitenes). Así escuchando el fluir del río, Ernesto preparó unos
bifecitos al disco que degustamos satisfactoriamente.
Pero aún nos quedaba la segunda parte de la
excursión. Retomamos la ruta 23 y al encontrarnos de vuelta con el río
Chimehuin giramos por ruta 61 (ripio) siguiendo su curso. Por allí hay un sitio
histórico que recuerda el Combate de Chimehuin, del 6/12/1882 entre la 2ª
brigada de Caballería al mando del capitán Vicente Bustos y las tropas del
cacique Nancucheo. El camino cruza el río en su nacimiento en el Lago
Huechulafquen, lugar muy apreciado por los pescadores. Por allí domina el
paisaje nuevamente el volcán Lanin.
A
poco andar está la entrada principal al Parque Nacional Lanin, único lugar
donde nos cobraron entrada ($ 6 por persona). Avanzando íbamos viendo los
distintos camping con nombres mapuches, que son administrados por las
colectividades de este pueblo originario. Es que desde el año 2000 rige una
política de co-manejo entre la Administración de Parques Nacionales y el pueblo
mapuche. Así que en lugar de echarlos como hacían antes, los dejan vivir con
sus rebaños y participar en la administración y los negocios. Al llegar a
Puerto Canoa hay otro establecimiento de guardaparque. De aquí sale la ascensión
por la cara sur al Lanin, que presenta mayor dificultad. De aquí también sale
un pequeño recorrido pedestre que hicimos: el “sendero del bosque”. Un
corto circuito dentro del bosque andino-patagónico con carteles explicativos sobre la ecología del
mismo.Al finalizar visitamos la bonita playa sobre el lago Huechulafquen, que estaba bastante concurrida.
Luego retomamos el vehículo para continuar “hasta donde termina el camino” (según nos dijeron) y efectuar una caminata recomendada: el ascenso hasta “El Saltillo”. Para ello hay que llegar hasta uno de los lagos anexos al Huechulafquen, el Paimun (al norte).
Al sur, está conectado el Lago Epulfaquen, que veríamos en el recorrido del día siguiente.
Promediando la caminata (de más de media hora) un
cartel advertía que la subida “exige un gran esfuerzo físico”. Titubeamos un
poco, pero continuamos.
Con cierto agotamiento, debido a que el sendero
entre un bosque de inmensos coihues se
torna por momentos ríspido y obliga casi a ir trepándose por las
piedras, llegamos al Saltillo.Allí, otro cartel anunciaba que ése era el fin del sendero y que estaba prohibido seguir. Sin embargo, acicateados por gente que bajaba, tampoco le hicimos caso y llegamos a situarnos detrás de la cascada, bajo una especie de cueva en la piedra.
Un espectáculo muy bonito ambientado con el fragor del agua que cae turbulenta. Bajando, encontré una planta de michay (también llamado calafate) y recogí algunos de sus frutitos negros y dulces. Los comimos cumpliendo el ritual que dice que hay que comer michay para volver a estos pagos cordilleranos. En el regreso, buenas vistas de la cara sur del Lanin cerca de Puerto Canoa. Al salir del Parque Nacional nos detuvieron los guardaparques para solicitar que diéramos un mensaje a un turista que había sufrido un accidente en el camino: el auxilio iba a tardar unas tres horas. De paso, nos pidieron que lleváramos hasta Junín a una compañera. Resultó ser una chica mapuche de 24 años que trabaja con los guardaparques, pero que a la vez es una especie de secretaria del Lonco (cacique) de la comunidad. Nos contó que el Lonco es elegido por la comunidad cada 3 años, que su función es representar a la comunidad e interceder en conflictos internos, que el actual ha logrado obtener varias mejoras para los suyos. Nos dijo también de las rogativas que hacen todos los años para agradecer y pedir a la tierra (el Nguillatún) donde se reúnen todas las comunidades. Allí bailan el “lonco-meo” acompañados por pifilkas y cultrunes. La dejamos en Junín y continuamos el regreso a San Martín. La actividad de hoy había sido mucha y se nos hizo tarde: llegamos como a las 22 hs, apenas con tiempo como para cenar nuevamente en El Bodegón y tirarnos a dormir. Es que son como 300 km ambos recorridos. Mi recomendación sería, si se dispone de tiempo, hacer uno por día. Eso daría la posibilidad de cruzar a Chile por el paso Tromen y hacer 100 km más hasta Pucón, con magníficos paisajes (según dicen).
La excursión prevista para hoy contemplaba llegar otra vez muy cerca de la frontera con Chile, pero ahora por el camino que lleva hasta el lago Epulafquen. Salimos nuevamente hacia el norte por la ruta 234, y pronto giramos por ruta 62 (de ripio), y a los 12 km nos encontramos con el lago Lolog.
Diana se había tomado puntillosamente la tarea de probar con sus pies las características del agua de los distintos lagos a los que accedíamos, llegando siempre a la misma conclusión: fría. La cercanía con la ciudad está convirtiendo a este lago en un incipiente suburbio turístico de San Martín, pero aún las edificaciones son escasas. El camino corre durante 5 km prácticamente a la orilla del lago, donde se forman lindas playitas. Luego hay unos 30 km en los que la vegetación se va tornando más boscosa y los árboles más grandes, y aparece un puesto de Gendarmería al ingresar al P. N. Lanin. Allí vimos con sorpresa carteles que anunciaban que no estaban habilitadas y no se podían visitar por estar en obras, las termas de Epulafquen. Pocos días antes yo había visitado la página web oficial de San Martín de los Andes en la que se invita a “disfrutar del maravilloso valle termal” en esta temporada 2006/7, por lo cual envié un mail de reclamo a mi regreso. En seguida se llega al lago Curruhue chico.
Aquí tomamos una bajadita para apreciar el paisaje desde sus orillas. Casi inmediatamente comienza el lago Curruhue grande, que se ve largos tramos hacia la derecha del camino entre inmensos árboles. En cierto momento aparece el único bosque de pehuenes que hay en este recorrido. Allí vimos un cartelito y atinamos a detenernos. El cartel indicaba “Sendero del bosque de araucarias: 400 mt” y nos decidimos a hacerlo, con buen tino, ya que resultó una caminata que sin duda podemos calificar de imperdible, pese a que no teníamos ninguna noticia sobre ella.
Saliendo de la reducida extensión plana donde se encuentran estos pehuenes de gran porte, comienza una corta ascensión entre otros inmensos árboles.
Son seguramente distintas variedades de los típicos nothofagus que forman los bosques cordilleranos, y especialmente el coihue que habita cerca del agua (co= agua, hue = lugar). El senderito desemboca en un estupendo mirador panorámico sobre el lago. Un paisaje idílico cuya belleza se potencia por la soledad y el silencio.
El camino recorre el lago Curruhue grande en toda su extensión. Sobre la cabecera oeste del lago hay una bonita playa donde funciona un cámping.
Casi inmediatamente, aparece sobre la izquierda del camino la Laguna Verde. Como teníamos referencias de que éste era un buen lugar para pic-nics, buscamos un espacio adecuado bajo los árboles y nos comimos unos choricitos al disco.
A los pocos kilómetros, otro gran atractivo del circuito: El Escorial, un río de lava solidificada de 7,5 km de extensión, producido por una erupción del volcán Achén Ñlyeu (al fondo de la foto) hace apenas unos 400 años.

Si contamos los lagos vistos en el trayecto,
incluyendo el Lácar que está en San Martín bien podríamos denominar a ésta la
“ruta de los 6 lagos”.
Al no poder
contar esta vez con el aliciente de las termas (que terminarían de darle a este
hermoso circuito un carácter inmejorable) emprendimos el regreso por camino
recorrido, que se embellece además en esta época por la presencia permanente de
flores de amancay y reina mora. Eso sí, el ripio es duro y la Partner sufrió
las consecuencias. Al llegar a San Martín nos dimos cuenta de que una de las
llantas había sufrido una gran abolladura y la goma estaba baja, pero en la
gomería González, a la vuelta de nuestra cabaña, la arreglaron prestamente.
Como el recorrido esta vez fue mucho más corto (unos 160 km) llegamos de día y
con tiempo. A la noche, nos sacamos las ganas de comer trucha en “El Tata
Jockey”, Villegas 657.
Jueves 18: el lago Lácar
Nuestra última jornada en San Martín estaba dedicada a su lago, el Lácar. Apenas unas cuadras retrocediendo nuevamente por la Av. Koessler – ruta 234, y giramos a la izquierda por ruta 48 (ripio). En seguida comenzamos a subir entre árboles y residencias suburbanas obteniendo vistas desde lo alto de la ciudad. Pronto un cartel indica “al mirador Bandurrias: 4 km”. Decidimos hacer el camino y no nos equivocamos: desde allí obtuvimos la mejor de las pocas vistas al lago Lácar de este circuito. Claro que el sitio, ya dentro del P.N. Lanin está administrado por la comunidad mapuche Curruhuinca (curru=negro, huinca= invasor, o sea invasor negro), según esos convenios de los que hablé antes. Te cobran $ 4 el acceso y luego de una breve caminata por senderos donde el árbol predominante era el radal (lomatia hirsuta), se llega a un promontorio rocoso con varias vistas al lago. En una de ellas, apreciamos en perspectiva la ciudad de San Martín de los Andes.
El camino que sigue la margen norte del lago Lácar
prácticamente en ningún momento permite su visualización, si bien transcurre
también entre bonitos bosques. Por lo cual llegamos a la conclusión de que el
trayecto hacia Hua-Hum hubiera sido preferible hacerlo contratando una excursión
lacustre. Esto contradice lo recomendado por la guía Turistel, que da este
recorrido la máxima puntuación de interés turístico: 5 estrellas, cuando a
efectuada ayer (la “ruta de los 6 lagos”, mucho más bonita) le da solamente 4.
Allí las chicas se mojaron los pies sentadas en un tronco de árbol caído, mientras Ernesto preparaba unos bifecitos al disco, a la sombra de un gran raulí, que de los nothofagus cordilleranos es el árbol que tiene la hoja más grandecita. El lugar, plácido y tranquilo, presentaba sin embargo un indicio de contaminación ecológica: los amplios espacios sin árboles estaban invadidos por matorrales de rosa mosqueta, planta exótica. Una vez satisfecho nuestro apetito decidimos hacer la caminata hacia la cascada Chachín.
La ascensión es suave, pero continua entre la exhuberante vegetación selvática, con abundante presencia de cañas colihue, y en medio de esa exhuberancia vegetal se ve, de lejos, el salto de agua desde un mirador de madera.
Al regreso dedicamos el resto de la soleada tarde a disfrutar de la tranquilidad de la playa Chachín, descansando y tomando mate. Unos chicos que estaban acampando y jugueteaban en el muelle de madera a unos 200 mt. eran la única presencia humana en las inmediaciones. Yo me di un chapuzón y luego me sequé al sol sobre el tronco caído. Tranquilamente regresamos a San Martín, tras haber recorrido unos 120 km. Nos preparamos para la partida hacia Caviahue del día siguiente y cenamos nuevamente en El Bodegón.
SEGUNDA PARTE: EL VOLCAN COPAHUE
Viernes 19: de San Martín a Caviahue pasando por Villa Pehuenia
Ahí nos dimos cuenta que una de las gomas de la Partner estaba casi en llanta. La cambiamos y seguimos viaje. Al llegar a Rahue (km 86 desde San Martín) comienza el asfalto. 16 km más adelante llegamos a Aluminé, donde hicimos un alto en la estación de servicio YPF para arreglar la goma, cargar combustible y usar los sanitarios. 20 km más adelante decidimos sobre la marcha complicar un poco más el circuito abandonando el asfalto para desviarnos por ruta 11 de ripio, haciendo un rodeo por lago Ñorquinco. Silvia ganó el concurso que habíamos hecho a ver quien divisaba el primer pehuén en el camino. Estábamos entrando en tierras que fueron dominio de los pehuenches (gente del pehuén). Sin embargo, ese fue el nombre que les dieron los mapuches en su idioma, ya que este pueblo, como otros al este de los Andes, fueron absorbidos por la civilización superior de los mapuches, basada en la agricultura (cultivaban maíz, papa y quinoa). El camino sigue el curso del arroyo Pulmari. A poco andar hay un hito que señala un sitio histórico: el Combate de Pulmari. Posteriormente averigüé que ocurrió un 6 de enero de 1883 entre los Regimientos 2 y 5 de Caballería, al mando del Cap. Emilio Crouzeillas y el tn. Nicanor Lezcano, y una partida “de indios y bandoleros” a la que perseguían, según indica el decreto Nº 8729 de 1943 que estableció el sitio histórico. En el enfrentamiento murieron ambos jefes militares, con lo cual resulta éste un típico caso de “cazador cazado”. Es destacable el hecho de que el pueblo mapuche ofreció una feroz resistencia tanto al conquistador inca primero como al español o criollo después, resistencia inesperada para quienes habían dominado con relativa facilidad a incas, aztecas y mayas. La llamada Guerra de Arauco duró más de 300 años. Los primeros enfrentamientos con los españoles se produjeron en Chile en 1536; recién en 1881 el ejército chileno pudo terminar de doblegarlos. En Argentina, la resistencia duró más: sólo en 1884 se dominaron completamente los territorios mapuches; por eso un año antes todavía existían enfrentamientos como el de Plumari en el cual los “huincas” no salieron bien parados.
La foto está tomada desde un puente; hacia el otro lado se aprecia esta vista del lago Norpehuen.
Luego el camino transcurre casi tocando la frontera con hermosos paisajes como el de esta cascada.
Ya no existe la selva valdiviana, pero sí árboles más pequeños intercalados con bosques de pehuenes. Ya cerca de la localidad de Moquehue se aprecian desde cierta altura los lagos Moquehue y Aluminé.
Al llegar a Moquehue se bordea este lago, se pasa a 4 km del paso de Icalma, donde se cambia a ruta 13 (asfalto) , y 5 km más adelante estábamos en La Angostura, estrecha separación entre ambos lagos. Allí hicimos un pic-nic de sandwiches improvisando como asientos las raíces de un gran pehuén con vista a una playita sobre el lago Aluminé. Conspiró contra nuestro bienestar la presencia de un fuerte viento, cosa habitual en la zona pero afortunadamente no durante este viaje. Por ello no extendimos mucho el descanso y continuamos camino. Efectuamos una corta visita por Villa Pehuenia, asentada en una de las penínsulas que conforman el irregular contorno del lago Aluminé, que además contiene varias islas e islotes, como se puede apreciar en esta foto desde una playita con arenas del color y la textura de las de Mar del Plata.
El pueblito, creado hace apenas unos 15 años. presenta un aspecto agreste, con poca urbanización y calles de tierra. En las orillas de este lago aparece enseguida otra pequeña población: Villa Italia. Son tan abundantes los nombres mapuches en todo Neuquen que nos preguntábamos jocosamente: “Qué querrá decir Italia en mapuche?”. Al terminar el lago hay un puesto de información en el que bajé a confirmar por dónde seguía el camino hacia Copahue: era ahí nomás, hacia la izquierda. Nuevamente ripio, y en el tramo que más dudas teníamos por estar identificado en el mapa del A.C.A. como “huella”. Sin embargo, no resultó peor que otros anteriores; transcurre casi pegado a la frontera con Chile con paisajes agrestes de pehuenes aislados. Los pehuenes aislados, con sus brazos extendidos parecen saludar o querer abrazarte, pero siempre desde la majestad de su altura. Son sólo 35 km. hasta llegar al paso internacional de Pino Hachado. Allí, a no más de 1 km de dicho paso se toma la importante ruta 242, muy bien pavimentada y señalizada, transitada por muchos camiones.Ya el asfalto no nos abandonaría hasta nuestro destino. Esta ruta nos aleja de la cordillera y pronto nos mete en plena estepa patagónica. Yo tomé el volante y me sorprendió a los 40 km el giro un poco brusco que hay que dar para entrar en ruta 21. Allí se empieza a seguir el curso del río Agrio, cuyo nacimiento veríamos al subir al volcán Copahue. Este importante río forma más adelante el Neuquén y éste a su vez, el Río Negro. Leímos en la guía Turistel que un francés en 1880 y pico fue el primero en hacer una travesía en canoa que arrancó por estos lados y llegó hasta Carmen de Patagones, en el Océano Atlántico. En el trayecto tuve que frenar varias veces: dos para dar paso a un rebaño de vacas y a otro de ovejas, y otra porque estaban pintando las líneas demarcatorias en el camino. Es importante tener en cuenta que en esta época de veranada, cuando los pastores mayormente de origen mapuche se trasladan con sus rebaños a las zonas altas, es muy fácil encontrarse con arreos que cruzan inesperadamente los caminos. Al llegar a Loncopué paramos a tomar el cafecito que exigía Ernesto desde que salimos de La Angostura: fue también breve pues el fuerte sol daba de pleno sobre las mesas del bar de la estación de servicio.
Loncopue es centro de abastecimiento para la zona de
Caviahue – Copahue, donde no hay abundancia de servicios. Por ejemplo, si se
necesita recurrir a un banco en Caviahue, hay que venir hasta esta localidad.
Pero todavía faltaban 50 km... A los 5 km cambiamos hacia el oeste por ruta 26.
A los 20 km el camino empieza a recorrer el cajón del arroyo Hualcupén, con
lindas vistas, y 30 km más adelante ya se llega al lago Caviahue y a la pequeña
localidad del mismo nombre. Ubicamos las cabañas “El Pehuen”, sobre el camino
al centro de esquí y junto a un bosque de pehuenes.
En la foto, se alcanza a ver nuestra cabaña a través de las ramas. Desde ella podíamos ver perfectamente el volcán Copahue, que domina el panorama. El costo del alojamiento fue $ 240 por día ($ 60 por persona).
En la foto, se alcanza a ver nuestra cabaña a través de las ramas. Desde ella podíamos ver perfectamente el volcán Copahue, que domina el panorama. El costo del alojamiento fue $ 240 por día ($ 60 por persona).
Legiones de obreros se ven por todas partes. Seguramente el aspecto precario que tiene hoy el pueblo mejorará mucho una vez terminadas las obras y su población se duplicará o triplicará rápidamente.
Cenamos chivito en el restaurant Los Ñires, calle
Puesta del sol s/n. Kilómetros en el día: aprox 500.
Sábado 20: Salto del Agrio y termas de Copahue
Por la mañana visitamos el Salto del Agrio, siguiendo la recomendación de Omar Bianciotto de no ir por la tarde, obteniendo mejor luz para las vistas y las fotos. Salimos hacia el norte por ruta 26 (ripio), la misma que lleva a Copahue. Tras bordear un par de kilómetros el lago, 7 km más adelante se dobla a la derecha por ruta 27, también de ripio. Esta ruta avanza siguiendo el curso del río Agrio hacia la Puerta de Trolope, y permite luego continuar hacia El Huecú y Chos –Malal. Pero nosotros avanzamos sólo 9 km hasta el desvío hacia la izquierda que 2 km más adelante nos dejó en el salto del Agrio, espectacular caída de agua de 35 mt. sobre una olla coloreada por los sedimentos que deposita el río que nace de las entrañas del volcán Copahue. El sol matutino nos favoreció con la formación de un arcoiris en la parte inferior del salto. Recorriendo las inmediaciones, vimos los tonos amarillentos de azufre con que el Río Agrio tiñe las orillas rocosas antes del salto. Allí charlamos con grupito de turistas que se frotaban la piel con el barrito amarillento del río; ellos lo hacen como práctica terapéutica todos los años. Volvimos a la cabaña y después de almorzar unas buenas tartas adquiridas en la panadería local nos dirigimos hacia las termas. Volviendo a efectuar los 9 km iniciales de la excursión matutina, continuamos esta vez por ruta 26, que asciende unos 400 mt desde los 1.620 m.s.n.m. de Caviahue a los 2.010 de Copahue, en una distancia total de 20 km. En el trayecto se pasa por las lagunas Las Mellizas, que abastecen de agua a Caviahue. Del otro lado de la primera laguna llama la atención un chorro permanente de vapor que surge ruidosamente junto a una aislada construcción: es la Usina Geotérmica, un proyecto fallido para dotar de agua caliente a las calles de Copahue, que actualmente sólo deja salir esos vapores. Por ahí cerca hay dos lugares termales llamados Las Máquinas y Las Maquinitas. Los nombres derivan del permanente sonido con el que brotan los vapores volcánicos en esos lugares, semejando una máquina de vapor. Nos desviamos hacia Las Maquinitas. Allí algunos turistas se sumergían embarrados en una lagunita de barro gris. Por todas partes brotaban fumarolas y bullía el agua que brotaba de la tierra, en medio de un intenso olor a azufre y sus derivados. Al llegar a Copahue nos sorprendió el pueblito rodeado de colinas nevadas hasta el nivel del suelo, y comprendimos que fue buena la recomendación que nos dieron de alojarnos en Caviahue, no en Copahue, ya que éste es un pueblito temporario, que sólo existe entre diciembre y marzo, y luego queda cubierto por la nieve. Es de más difícil acceso, menos servicios y menor belleza paisajística que el primero, además de que está permanentemente impregnado de olores sulfurosos.
El Complejo Termal, administrado por la Provincia de Neuquen, posee una superficie total de 10.500 m2, de los cuales 6.000 corresponden al edificio principal y baños externos, y el resto a lagunas al aire libre, fumarolas y hervideros. El diseño del edificio y el funcionamiento nos hicieron recordar a un hospital, más precisamente al Hospital de la Comunidad de Mar del Plata. Es que las termas están desde antiguo vinculadas más a lo terapéutico que a lo recreativo. Al ingresar, hay que llenar una ficha de admisión. Si uno no va a estar más de tres días (nuestro caso) no es necesaria la revisación médica, que cuesta $ 20; se hace una revisación gratuita por una enfermera que toma la presión y el pulso; luego anota en la planilla las “prestaciones termales” a las que uno puede acceder (no son todas al elegir esta opción). Dentro de ellas uno debe señalar cuáles va a usar, y se abona el importe de cada una. Nosotros elegimos para ese día la Laguna del Chancho ($ 5.50) y un baño de inmersión de algas ($ 8.-). Hay que tener en cuenta que los baños no pueden exceder de 15 minutos y hay que esperar 3 horas entre baño y baño, todo lo cual es controlado rigurosamente con planillas. La Laguna del Chancho es una de las tres principales que se encuentran al costado del edificio. En realidad son tres piletas rectangulares. En un extremo está la Laguna Verde, que contiene algas termófilas microscópicas, y es hipotermal, es decir su temperatura es baja (22 / 24 º), con lo cual, pese a que su uso es gratis, no es agradable para las temperaturas normales en este sitio, ya que a 2.000 m2 no hace calor ni en pleno enero. La Laguna Sulfurosa, en el centro, es la más grande y emite vapores permanentemente, pero no se puede usar para bañarse: su temperatura ronda los 80º. En el otro extremo está la Laguna del Chancho, a la cual uno no se metería si no le dijeran que es bueno, por su olor a ácido sulfídrico y el color gris barroso de su agua espesa. Pero la temperatura es agradable: 33 / 36º. La profundidad de aprox 50 cm. permite permanecer sentado y uno puede previamente embarrarse con el fango que disponen en un balde al costado de la pileta, aunque esto también puede hacerse estando sumergido, con el barro del fondo. Del fondo salen sorpresivamente cada tanto chorritos de agua más caliente que dan la sensación de quemar, pero no pasa nada. Al salir (los asistentes vocean el nombre del que se le acabaron los 15 minutos), se siente el frío del aire, pero hay disponibles duchas calientes para sacarse el barro y reponerse.
Las tres horas de espera hasta el baño de inmersión las aprovechamos para tomar mate a la orilla de la pequeña Laguna de los Callos, donde la gente se sienta a su alrededor introduciendo los pies. Allí cerca hay un surgente llamado Agua del Mate, pues emite agua apta para cebar. Luego caminamos un poco por el pueblo, sorprendiéndonos por encontrar a cada paso pequeñas fumarolas y cursitos de agua borboteante, y fuimos a un local comercial a comunicarnos por teléfono e Intenet. Volvimos al Complejo Termal, que cuenta también con muchos locales comerciales, entre ellos uno de Caviahue Tours, empresa recomendada por Omar Biancioto para efectuar la ascensión al volcán Copahue, que habíamos empezado a contactar el día anterior en su local principal de Caviahue. Allí concretamos la excursión para el día siguiente. Costo de la misma: $ 85 por persona. Luego del reparador baño de inmersión verde, efectuado en una especie de bañadera en ambientes individuales, regresamos a Caviahue donde volvimos a cenar en Los Ñires, y nos acostamos lo más temprano posible, ya que a la mañana siguiente nos pasarían a buscar por la cabaña a las 7:30 para la excursión. Kilómetros del día: aprox. 70.
Domingo 21: Ascenso al volcán Copahue
Día destinado a efectuar la más exigente de las
actividades previstas en nuestro viaje, y además la única en que contratamos
una empresa para la excursión (ya dije que tendríamos que haber contratado una
lacustre en el Lago Lácar). Es que según diversas recomendaciones, es una
excursión que no se puede hacer sin guía. Había posibilidad de conseguir
precios más baratos, pero sin la garantía de una empresa seria, como demostró
ser Caviahue Tours, que cuenta entre otras cosas con seguro de accidentes. La
extensión de la caminata es variable: depende de que se cuente o no con una
camioneta 4 X 4 y depende también de que la nieve que subsiste en el trayecto
se haya derretido lo suficiente como para permitir el paso de la misma. Justo
en estos días, el camino habia quedado despejado como para que la 4 X 4 llegara
al máximo de subida posible. Pero, por no habernos anotado con suficiente
anticipación, ya estaban cubiertas las plazas para este vehículo, y nos tocó
una camioneta con tracción simple, que solamente podía llegar hasta la
angostura de las Lagunas Mellizas, lo cual significaba al menos una hora más de
caminata.
El viaje estuvo en suspenso hasta último momento, ya
que se preveía mal tiempo para estos días. Al sonar el despertador, rápidamente
fui hasta la cocina y miré por la
ventana: el cielo se presentaba completamente nublado pero el volcán se veía
perfectamente en toda su extensión: la cumbre estaba despejada. De modo que
desperté a mis compañeros para que se prepararan. Puntualmente nos pasaron a
buscar a las 7:30. Ya habían levantado otros tres pasajeros: un matrimonio algo
mayor que nosotros con su hijo de 12 años. En pocos minutos llegamos a las
Lagunas Mellizas y empezamos la subida. El clima estaba bien fresco: Silvia y
yo no habíamos tenido la precaución de traer camperas en este
viaje, y nos hubieran hecho falta, si bien las suplimos adecuadamente
poniéndonos dos pulóveres. Al empezar a subir, me sobrevino una gran
preocupación: casi inmediatamente me empezó a faltar el aire y el corazón
parecía que me iba a estallar. Yo, que tanto había insistido con hacer esta
caminata, iba a quedar afuera de entrada. Sin embargo, al hacer el primer
descanso me volvieron las fuerzas.
Nuestro guía, el joven Javier, demostró grandes condiciones para
conducir el grupo, permitiéndonos efectuar numerosos descansos como para
“cambiar el aire” y así dosificar un poco nuestras exiguas fuerzas. Nuestros
compañeros de caminata parecían más entrenados y aparentaban trepar con menos
dificultad. Al principio se compartía la huella de las 4X4 o se desviaba por
senderos de tierra bordeados de algunas matas bajas. Antes de llegar a la
“parada final” de las 4X4, donde estaba estacionada justamente la de Caviahue
Tours, ya habíamos tenido que hacer varias paradas de descanso, y habíamos
consumido bastante agua. En la empresa nos habían recomendado llevar, además de
agua, frutas, galletas y chocolate. Lamentamos haber omitido aprovisionarnos de
chocolate; galletas y frutas sí llevamos, pero
llegamos a la conclusión de éstas últimas no son muy recomendables:
pesan mucho y se estropean con el traqueteo. En cambio, nuestros compañeros
llevaron tabletas de cereales, livianas y alimenticias. Lo que sí celebré fue
haber llevado unos caramelos Sugus que venían muy bien. Junto al
“estacionamiento” de la 4 X 4 Javier nos convidó con un agradable café que
llevaba en un termo. Allí, como él dijo, se acababa la civilización y empezaba
la barbarie; ya sólo se podía avanzar a pie, y no había senderos de tierra: era
todo piedra, nieve o ceniza volcánica. Acá se ve a Silvia en plena ascensión;
ni una minúscula plantita crece en esas alturas; el volcán Copahue tiene más de
2.900 mt de altura y su cráter no está exactamente en la cumbre, está a 2.750
mt, justo en la “V” que forma la
montaña frente a Silvia. Allí había que llegar.
Los tramos con nieve eran pintorescos, pero cansadores al hundirse los pies en el blanco elemento.
Y también había tramos con nieve cubierta con ceniza volcánica (me dijo Javier que se depositaba arrastrada por el viento), que al humedecerse toma un color negro; son los sectores que pueden verse más arriba en la foto. Yo, con la respiración agitada por el esfuerzo, trataba de darme ánimos para seguir, repitiendo mentalmente los versos que el gran poeta neuquino de origen mapuche Marcelo Berbel le había dedicado al volcán: “Si late el sol en tu vientre, dame ese aliento de vida...”
Los tramos con nieve eran pintorescos, pero cansadores al hundirse los pies en el blanco elemento.
Y también había tramos con nieve cubierta con ceniza volcánica (me dijo Javier que se depositaba arrastrada por el viento), que al humedecerse toma un color negro; son los sectores que pueden verse más arriba en la foto. Yo, con la respiración agitada por el esfuerzo, trataba de darme ánimos para seguir, repitiendo mentalmente los versos que el gran poeta neuquino de origen mapuche Marcelo Berbel le había dedicado al volcán: “Si late el sol en tu vientre, dame ese aliento de vida...”
Nos alentó ver que no éramos los únicos locos que
intentábamos esta aventura: en el camino nos cruzamos con varios grupos de caminantes
y algunos más entrenados nos pasaron. En cierto momento hay que cruzar el Río
Agrio recién nacido, caliente entre bloques de nieve.
Y más arriba, pudimos apreciar el nacimiento del Río Agrio: sale de adentro del volcán, por un orificio debajo de una cueva de hielo.
Según Javier, tiene al nacer una temperatura de 90º y una extrema acidez; en seguida se atempera al recibir agua de deshielo.
Y más arriba, pudimos apreciar el nacimiento del Río Agrio: sale de adentro del volcán, por un orificio debajo de una cueva de hielo.
Según Javier, tiene al nacer una temperatura de 90º y una extrema acidez; en seguida se atempera al recibir agua de deshielo.
A medida que se subía al panorama se ensanchaba. El
volcán está en una especie de cuña que avanza sobre territorio chileno; su
cumbre es límite entre los dos países. Así que avanzando, veíamos al norte y al
sur montañas chilenas. Lamentablemente no había gran visibilidad por las
condiciones atmosféricas. Ya cerca de la cumbre, se podía apreciar en toda su
extensión el Lago Caviahue, en forma de herradura.
A sus orillas se aprecia a la izquierda la población de Caviahue; justo frente al lago se puede ver el promontorio de 1.750 mt que alberga la Laguna Escondida. A la izquierda de la foto se abre la puerta de Trolope, por donde habíamos llegado el día anterior al Salto del Agrio.
A sus orillas se aprecia a la izquierda la población de Caviahue; justo frente al lago se puede ver el promontorio de 1.750 mt que alberga la Laguna Escondida. A la izquierda de la foto se abre la puerta de Trolope, por donde habíamos llegado el día anterior al Salto del Agrio.
Por fin, después de una empinada subida, aparece
súbitamente un lugar fantástico: el cráter del volcán, de 300 mt. de
diámetro y enmarcado atrás por una enorme pared de hielo de 50 mt. de altura.
El cráter está cubierto con agua, pero el nivel de ésta y su aspecto son variables, según la actividad volcánica del momento. En esta oportunidad, emitía fuertes vapores sulfurosos que el viento arrastraba hacia el norte. Uno está prácticamente al lado del cráter y no hay espacio como para tomar distancia y sacar una foto de conjunto. En esta foto podemos ver el sector sur, que aparece sin vapores y en la otra el lado norte, con fuertes emanaciones gaseosas.
Cada tanto podían verse bloques de hielo que se desprendían del glaciar cayendo con gran estrépito en el agua. Estuvimos varios minutos descansando y contemplando el imponente panorama, sentados en el piso con nuestras espaldas apoyadas en un paredoncito de piedras que han levantado para resguardarse del viento, que se hacía notar fuertemente. En esas circunstancias nos sorprendió escuchar que sonaba el celular de Ernesto: estaba recibiendo una llamada de su nuera. Sí, había señal en la cumbre del volcán y Joanna lo había enganchado justo ahí.
El cráter está cubierto con agua, pero el nivel de ésta y su aspecto son variables, según la actividad volcánica del momento. En esta oportunidad, emitía fuertes vapores sulfurosos que el viento arrastraba hacia el norte. Uno está prácticamente al lado del cráter y no hay espacio como para tomar distancia y sacar una foto de conjunto. En esta foto podemos ver el sector sur, que aparece sin vapores y en la otra el lado norte, con fuertes emanaciones gaseosas.
Cada tanto podían verse bloques de hielo que se desprendían del glaciar cayendo con gran estrépito en el agua. Estuvimos varios minutos descansando y contemplando el imponente panorama, sentados en el piso con nuestras espaldas apoyadas en un paredoncito de piedras que han levantado para resguardarse del viento, que se hacía notar fuertemente. En esas circunstancias nos sorprendió escuchar que sonaba el celular de Ernesto: estaba recibiendo una llamada de su nuera. Sí, había señal en la cumbre del volcán y Joanna lo había enganchado justo ahí.
La bajada fue, como era de esperar, mucho más
agradable. En varias ocasiones se cambia el itinerario para aprovechar diversas
circunstancias: por ejemplo, fuertes pendientes de ceniza suelta, que son
imposibles de subir pero muy divertidas de bajar, hundiendo las zapatillas
hasta el talón: claro que después hay que vaciar grandes cantidades de
piedritas de las zapatillas.
Durante la bajada, un excursionista que subía me
entregó el bastón que nos había provisto la empresa, y que yo había dejado
olvidado en algún descanso.
Subimos exhaustos pero satisfechos del ”deber
cumplido”a la camioneta que nos esperaba. Nadie había aflojado. Ahí nos dimos
cuenta de que el aire del lugar es muy poderoso: los adornos de plata de las
chicas se habían puesto negros. Regresamos a eso de las 17 horas a la
cabaña. Una vez repuestos, fuimos a las oficinas de Caviahue Tours a abonar el
saldo de la excursión. Allí nos hicieron entrega de un “diploma” por “haber
participado del ascenso en trekking al cráter del Volcán Copahue (2925 mt),
único activo de la Patagonia Argentina”.
Cenamos en el hotel del I.S.S.N. Kilómetros del día: menos que uno, para
ir al centro de Caviahue.
Lunes 22: Cascadas del Agrio y termas de Copahue
El Río Agrio, hijo dilecto del volcán Copahue, forma a sus pies el lago Caviahue, que por la acidez de sus aguas no tiene peces. Pero antes de hacerlo, se lanza en cascadas entre bosques de pehuenes. Fuimos a conocerlas por la mañana, previo constatar que nuestro estado físico sorprendentemente era muy bueno pese a la dura actividad del día anterior. Salimos del pueblo por ruta 26, como volviendo a Loncopué, y en apenas 1 km. cruzamos el puente sobre el río y tomamos el senderito que va a su lado. La primera se llama “Cascada del basalto”. Su nombre deriva de las enormes columnas basálticas que hay en sus inmediaciones, y que compiten en magnitud con los pehuenes que las acompañan. La segunda, “de la cabellera de la Virgen”. La tercera, de la culebra. Los pehuenes dominan estos parajes desde antes que aparecieran las plantas con flores y los dinosaurios. Y realmente dan a los paisajes un aire prehistórico, en donde uno no se asombraría de de encontrar algún enorme brontosaurio masticando sus altas y puntiagudas hojas. Pero lo que ha venido alimentando desde la antigüedad al hombre son sus semillas (piñones). Estas son producidas por las hembras de los pehuenes (ya que esta especie tiene sexos diferenciados) en sus grandes conos de forma redondeada. En una ocasión que concurrí a la cabaña habitada por la encargada de “El Pehuen”, Amalia, su pequeño hijo estaba manipulando uno de estas “cabezas de pehuén”, como ellos las llaman, tratando de sacarle algún piñón. Pero su madre le explicaba que en esa época estaban inmaduros; hay que esperar al otoño para que el viento libere los piñones, o bien la gente, sacudiendo las ramas, produzca el mismo efecto. Por eso en marzo se celebra en Caviahue la Fiesta del Piñón. Con los piñones, desde antiguo los mapuches hacen harinas y bebidas, o los comen tostados, hervidos o crudos. Actualmente son típicos los alfajores de harina de piñón.
La cuarta cascada es la “del gigante”. Aquí
la cámara que me estaba fallando se terminó de estropear y el rollo de fotos se
trabó definitivamente. Esta es la última foto que pude sacar con ella; son dos
fotos encimadas del mismo paisaje, y la dejo como curiosidad por el aspecto
fantasmal que adquieren los pehuenes y el volcán Copahue a la derecha.
Almorzamos unos sandwiches en la cabaña y partimos
rumbo a Copahue para disfrutar por segunda vez de sus termas. El sábado ya
habíamos reservado un turno para un masaje total ($ 30).
Previamente nos sumergimos nuevamente en la Laguna del Chancho. Y luego del
masaje, transcurridas las tres horas reglamentarias, Silvia y yo nos dimos un
baño de inmersión sulfuroso conjunto, Diana por su cuenta otro igual, y Ernesto
un baño de inmersión verde. Los baños sulfurosos son recomendados para las
articulaciones y huesos, en tanto que los verdes son relajantes.
El clima, que venía amenazando lluvia, la concretó
esa tarde. Al regresar a la cabaña, se desató un violento temporal de agua y
viento, lo cual no nos impidió cenar nuevamente en Los Ñires. Kilómetros del
día: aprox. 50.
Martes 23: de Caviahue a Santa Rosa.
Ernesto nos había convencido de desviarnos unos
kilómetros en el viaje de vuelta para hacer escala en Santa Rosa (La Pampa), en
un hotel que él conocía. Habíamos evaluado la posibilidad de hace el recorrido
vía Chos-Malal, zona que también dicen que es digna de ver, pero las dudas
respecto al estado de los caminos y el escaso tiempo disponible nos hizo
decidir por el recorrido más seguro y totalmente pavimentado. Salimos temprano, todavía con lluvia,
desandando la ruta 26 rumbo a Loncopué. Ya al salir se veía que para el lado
del cajón del Hualcupén estaba despejado, y efectivamente la lluvia cesó a los
pocos kilómetros. De Loncopué seguimos hasta Las Lajas por ruta 21. Allí nos
despedimos del Río Agrio que nos seguía acompañando como último vestigio del
volcán Copahue. Hasta Zapala nos tocó transitar por la ruta 40. Para tomar la
ruta 22 hacia Neuquen, hay que poner atención en una rotonda que hay 3
km. antes, que no indica “ruta 22” ni
“hacia Neuquen” sino “hacia Cutral-co” (punto intemedio), ya que conviene girar
allí tomando un camino de circunvalación de Zapala en lugar de entrar en la
ciudad como nos pasó a nosotros. En la ciudad de Neuquen compramos fiambre y
bebidas para almorzar durante el viaje. En Gral. Roca (Río Negro) tomamos ruta
provincial 6 hacia el norte. Inmediatamente
el paisaje frutal de Río Negro cambia a la desolada estepa patagónica. Entrando
en la provincia de La Pampa rompe la monotonía el gran embalse Casa de Piedra;
la ruta pasa sobre el largo dique durante unos 10 kilómetros. Allí la ruta
cambia de jurisdicción y de número: pasa
a ser ruta nacional 152, y es una larguísima recta hasta Puelches, pueblito en
medio de la desolación donde repusimos combustible. Poco después empiezan a
verse aislados los árbolitos típicos de La Pampa: los caldenes. Y a los 30 km
se llega al Parque Nacional Lihue Calel, especie de oasis en el desierto con
sus pequeñas serranías que otrora sirvieron de refugio al cacique mapuche
Namuncurá. Poco a pocos los caldenes se hacen más abundantes y empiezan a
formar tupidos montes. Comprobamos que la ruta 152 no está en mal estado
como lo indica la página web “Ruta 0”, que recomienda cruzar La Pampa por la
ruta 20, y que además tiene la ventaja de ser muy poco transitada. Al
llegar a Gral. Acha ya el paisaje se va pareciendo mucho al de los campos
marplatenses: ya estábamos de vuelta en nuestra pampa húmeda. 25 km más allá
tomamos la ruta 35 que corre en forma recta norte – sur. 30 km antes de Santa
Rosa está la Reserva Provincial Parque Luro, cuyo nombre nos hizo acordar al
conocido barrio marplatense. Es que el vasco Pedro Luro, principal impulsor con
su saladero de lo que hoy es Mar del Plata, tuvo un hijo llamado Pedro Olegario Luro que, como le gustaba la caza, se le ocurrió traer
de Europa ciervos y jabalíes, creando allí en 1909 el primer coto de caza del país.
Actualmente esos animales forman parte del atractivo del parque, junto con los
caldenes.
Llegamos a Santa Rosa a eso de las 18 hs. con
bastante sol por delante para aprovechar. Es que la “posada rural Piedras
Blancas”, cuenta con pileta en la que pudimos disfrutar de una plácida y
calurosa tarde. Se encuentra sobre la ruta 5, km. 602,5, en un lugar que
permite tener una buena vista a la llanura pampeana. Costo de la habitación
doble: $ 180.- Allí nos encontramos con nuestros amigos el Chino y su mujer
Silvia, con los que en principio íbamos a hacer también todo el viaje, pero por
problemas de taller de su vehículo sólo nos dio para coordinar este encuentro
en Santa Rosa: nosotros volviendo y ellos empezando el recorrido. La tarde se
transformó lentamente en una serena noche que nos permitió contemplar
claramente el cometa MacNaught que estaba a la vista por esos días. Cenamos
todos juntos en una parrilla y luego de tomar un helado en el centro,
regresamos al hotel. Kilómetros del día: 880.
Miércoles 24: de Santa Rosa a Mar del Plata
Luego del desayuno compartido con el Chino y Silvia,
nos despedimos de ellos y continuamos el regreso. Por ruta 5 hasta Pehuajó, y
desde allí por ruta 226 hasta Mar del Plata, con parada en Olavarría para
almorzar sandwiches en el arbolado Parque Norte, con fiambre comprado en la
sucursal de nuestro conocido Supermercado Toledo. También paramos en Tandil a
comprar queso y llegamos sin novedad a Mar del Plata a eso de las 17 hs.
Kilómetros del día: 750. Kilómetros en total: 4306.
Fue un viaje como para ir pensando en volver. Y por
qué no, ya que comimos el frutito del michay...
FIN
NOTA:
Esta nota fue reconstruida en junio 2020 (trabajo de cuarentena), ya
que el sitio donde se encontraba (pachig.blogspot.es) desapareció al
extinguirse el servidor.
Y ya que estamos: el relato termina diciendo que seguramente íbamos a volver, ya que comimos el frutito del michay. Y claro que volvimos al sur: en 2012 y en 2021.




























































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