Viaje de 28 días, marzo – abril 2025
Protagonistas: Diana, Mónica, Silvia y
Pachi
Vehículos: Aviones de LATAM: Buenos Aires
– Lima – CDMX y Cancún – Lima – Buenos Aires. Omnibus: de Puebla a Querétaro. Avión de Aeroméxico: Querétaro –
Mérida. Ferry y lancha en Cozumel. Traslados en CDMX: Metrobús y Uber. Otros traslados en México: Uber.
CIUDAD DE MEXICO (CDMX)
El primer día (sábado 22 de marzo) visitamos la Plaza de la Constitución, conocida como “zócalo”.
Junto a ella está la magnífica catedral, que cuenta con un Cristo negro, llamado “el señor del veneno” por la curiosa leyenda que cuenta que era blanco, y que un cura le besaba los pies; uno que quiso asesinarlo puso veneno en los pies de la imagen, la cual, para avisarle y salvarlo, cambió de color. Se dice que es muy milagroso.
También ahí está el Templo Mayor, ruinas de lo que fue centro de la vida religiosa de los mexicas, en la ciudad de Tenochtitlan. Hay un chac mool, escultura característica dedicada a la recepción de ofrendas en su vientre.
Con la entrada a las ruinas se accede también a un magnífico museo de 5 plantas con gran cantidad de piezas arqueológicas encontradas en esa zona.
Visitamos también el Palacio Nacional, histórica construcción que ha sido sede de los distintos gobiernos y hoy en día sigue siendo sede del gobierno y residencia de la actual presidenta Claudia Sheinbaum, que tiene una política con contenido social y de Patria Grande. Cuenta con grandes murales de Diego Rivera.
Al día siguiente le tocó el turno al Palacio de Bellas Artes, magnífico edificio, barroco por fuera y racionalista por dentro, que exhibe importantes murales de Rivera, Orozco y Siqueiros.
En la ciudad abundan los jacarandá (las jacarandas les dicen por ahí), son casi emblema de CDMX, sin embargo fueron traídos desde Paraguay y Mesopotamia argentina, de donde son originarios. Estaban en plena floración.
Yendo a Xochimilco, se va por una autopista de dos plantas.
En Xochimilco hay muchas islas artificiales, llamadas chinampas, tales como las que hacían para cultivar los mexicas, y se pasea entre ellas en pequeñas y coloridas embarcaciones sin motor, llamadas trajineras. Los pilotos las manejan con un palo largo que clavan haciendo palanca en el fondo del agua. Grupos de mariachis amenizan (y aturden) la navegación.
Por medio del eficiente y económico Metrobús accedimos al Monumento a la Revolución, que contiene un museo que ese día estaba cerrado. Pero pudimos hacer una interesante visita guiada ascendiendo al mirador.
Los mejicanos reivindican mucho a su revolución, que fue hecha en 1910 contra el porfiriato, régimen contemporáneo y similar al de Roca en Argentina (liberal en lo económico, represor en lo político, entreguista, sometido al capital extranjero, antiobrero) pero acá tenemos un presidente, Javier Milei, que ensalza las “maravillas” de lo que fue esa época del centenario.
El monumento es también un mausoleo que
alberga los restos de próceres de la revolución. Pero la interna revolucionaria
fue brava: allí están Pancho Villa, Francisco Madero, Plutarco Elías Calles,
Lázaro Cárdenas y Venustiano Carranza, pero no
Emiliano Zapata, ya que Carranza fue quien lo hizo matar, no podía estar
junto a él.
Otro día lo dedicamos a conocer Teotihuacán, complejo arqueológico de lo que fue la más importante ciudad de Mesoamérica y una de las urbes más grandes del mundo entre los años 200 y 650 d.c., anterior a la hegemonía mexica que fue en el siglo XV.
La ancha calzada de los muertos conduce de la pirámide del sol a la de la luna.
El paseo en Uber incluía visitar la famosa basílica de Guadalupe, el recinto religioso más visitado del mundo, compitiendo incluso con San Pedro en Roma.
Fue construida a fines del siglo XVII, pero como se está hundiendo (al igual que muchos edificios de la ciudad de México) fue necesario hacer una nueva en 1974, donde se conserva el ayate o tilma (especie de manta rústica) con la imagen de la Virgen de Guadalupe. Según la iglesia católica es una impresión hecha en forma sobrenatural, milagro que convenció a muchos indios de hacerse católicos allá por el siglo XVI.
También dedicamos un día a visitar el barrio de Coyoacán, donde está la casa del revolucionario ruso León Trotsky y también la de su vecina, amiga y amante Frida Kalho, artista hoy día ícono de México, presente en infinidad de artesanías.
Estando en la plaza del barrio Coyoacán nos sorprendió la única lluvia diurna que tuvimos en el viaje. La otra fue de noche, mientras nos preparábamos para cenar en la terraza del hotel Solé en Valladolid.
Otro día fue dedicado al bosque de Chapultepec, donde está el Museo de Antropología, impresionante edificio que cuenta con gran cantidad de salas dedicadas a las distintas culturas originarias del país. Recorrimos especialmente la de los olmecas, con sus gigantescas cabezas,
la de los mayas y la de los mexicas o aztecas, con su calendario o piedra del sol.
Es notable el justificado orgullo que manifiestan los mexicanos por su pasado indígena. Muchas artesanías representan los dos tipos de guerreros que tenían los mexicas: águilas y jaguares.
Debían ser impresionantes con esos atuendos, pero se ve que a los conquistadores españoles no los impresionaron mucho porque los vencieron bastante pronto. Acá en el sur los mapuches no hicieron pirámides ni grandiosos templos, ni se disfrazaban de águilas o jaguares, pero aguantaron hasta fines del siglo XIX.
Luego caminamos hasta el Castillo de Chapultepec, mansión construída en una colina a fines del siglo XVIII, que fue residencia del emperador Maximiliano, de Porfirio Díaz y de otros mandamases antes de ser declarado Museo Nacional de Historia en 1944 por Lázaro Cárdenas. Como tal presenta varias habitaciones ambientadas con sus muebles y adornos,
y también el lujoso carruaje de Maximiliano que reclama Austria, pero México les reclama a cambio el penacho de Moctezuma.
Nuestro último de los 7 días en CDMX lo dedicamos a recorrer el Paseo de la Reforma, donde está el monumento a Cuauhtémoc, soberano más reconocido que Moctezuma por no haberse doblegado ante los invasores europeos.
También está el monumento o columna de la independencia, que alberga en una cripta restos de próceres (no se podía entrar, también estaba en refacciones).
PUEBLA
El sábado 29 con un Uber viajamos hasta Puebla (133 km). En el camino se ven los volcanes Iztaccíhuatl (5230 msnm) y Popocatepetl (5452 msnm).
En Puebla almorzamos unas típicas cemitas
y visitamos la plaza (también llamada “zócalo”), la catedral rodeada de una reja con estatuas de angelitos
y el mercado El Parian.
Al día siguiente, domingo, hicimos un city-tour con el Turibús, destacándose el fuerte de Loreto, bastión defensivo en la batalla del 5 de mayo de 1862, donde el ejército mexicano al mando de Ignacio Zaragoza derrotó al ejército francés.
A partir de entonces la ciudad se llama “Heroica Puebla de Zaragoza”, siendo Zaragoza y 5 de mayo nombres que se repiten en calles y monumentos.
También tuvimos tiempo de visitar la Casa de la Cultura, donde se desarrollaba una exhibición de bailes folklóricos
, y que cuenta con la impresionante Biblioteca Palafoxiana (fundada en 1646 por el obispo Juan de Palafox), la primera biblioteca pública de América. Una maravilla.
También nos quedó tiempo para visitar el museo Casa de los hermanos Serdán, donde comenzó la Revolución Mexicana el 18 de noviembre de 1910. Numerosos orificios de bala en el frente son testimonio de la batalla que se dio aquel día.
Al día siguiente visitamos la iglesia de Santo Domingo, que contiene la Capilla del Rosario, del siglo XVII, obra cumbre del barroco hovohispano, “la casa del oro”.
Por la tarde visitamos el sector moderno
de Puebla, llamado Angelópolis. Pero Angelópolis es también uno de los nombres
con los que se conoce a Puebla, “la ciudad de los ángeles”, porque dicen que
unos ángeles subieron hasta las torres las campanas de la catedral.
Desde una pasarela que subimos se podía ver el famoso Popocatepetl.
SAN MIGUEL DE ALLENDE
Al otro día encaramos en ómnibus hasta
Querétaro 330 km) y de allí en taxi 60 km más hasta San Miguel de Allende,
localidad de 70 mil habitantes cuyo nombre tiene un origen similar al de
Puebla. Puebla es “de Zaragoza” porque ahí
Ignacio Zaragoza derrotó a los franceses en 1862, y San Miguel es “de
Allende” porque ahí nació Ignacio Allende, prócer de la independencia.
Llegamos al anochecer, y pudimos ver la parroquia San Miguel Arcángel bellamente iluminada.
Todas son casitas coloniales, muchas de ellas ornamentan sus puertas de entradas con arreglos florales.
Se recurre al colorido folklore mejicano, siendo característicos los muñecos gigantes llamados mojigangas, que muchas veces se usan como disfraces.
Hay mucho arte (visitamos la ex fábrica Aurora donde exponían varios artistas), fuentes, murales y mucha artesanía muy tentadora.
Un día lo dedicamos a visitar la cercana Guanajuato, de similar tamaño que San Miguel, con la cual compite en belleza. Hicimos un city tour que nos llevó a un mirador, a un museo de la Inquisición y a una impresentable “casa de los suspiros”.
En Guanajuato hay muchos túneles antiguos que forman una curiosa red vial subterránea.
MÉRIDA
El sábado 5 tomamos un Uber hacia el aeropuerto de Querétaro (89 km), donde tomamos el vuelo hacia Mérida (capital del estado de Yucatán), con escala en CDMX.
Sólo nos quedamos una noche. A la mañana siguiente visitamos la Plaza de la Independencia y el Palacio de Gobierno y partimos en Uber hasta Valladolid (159 km)
VALLADOLID
Está en el mismo estado de Yucatán. Tiene 57.000 habitantes. A pocas cuadras del hotel, en pleno centro, está el cenote Zaci al que concurrimos y nos bañamos. Una grata experiencia.
Una iguana bien camuflada custodiaba el lugar.
Son características de Valladolid las ventanas parecidas a las trujillanas de Perú, y arcos sostenidos por columnas petisas.
El martes 8 visitamos la cercana Chichen-Itza (42 km), también por Uber. Es el principal sitio arqueológico maya de Yucatán.
El templo de Kukulcán fue designado una de las 7 maravillas del mundo en 2007.
La visita comprendía también otro cenote, llamado ik-kil, similar al del centro de Valladolid, con más infraestructura pero problemático, ya que no te dejaban bajar con ropa ni con celulares, había que dejar todo en un armario.
El miércoles 9 día visitamos la calzada de los frailes y la plaza Sisal.
Luego tomamos un Uber rumbo a:
PLAYA DEL CARMEN
Eran 167 km. A orillas del Mar Caribe,
era una villa de pescadores de 10.000 habitantes en 1996. Ahora tiene más de
300.000 debido al auge del turismo que empezó en la década del 70 con la
fundación de Cancún.
Playas de arenas blancas, aguas tibias y tranquilas, y cocoteros.
El viernes 11 hicimos un tour a la cercana isla de Cozumel. Un ferry nos trasladó a la isla y allí nos subimos a una lancha que durante 4 horas nos llevó primero a un sitio de arrecifes llamado Colombia (alguien sabe por qué) y Palancar. Allí había que arrojarse al agua con flotador y snorkel para ver los corales y los pececitos de colores.
Luego, “El Cielo”, llamado así porque hay estrellas… de mar, en el fondo arenoso.
Y por último. “El Cielito”, también con un fondo de arena blanca, pero como es un banco de arena la profundidad es de apenas un metro.
Y en lugar de estrellas de mar había inquietantes rayas que pasaban entre la gente, pero eran inofensivas. Al menos esta vez no atacaron a nadie. Lo curioso era que estábamos muchos turistas en medio de la nada, sin vendedores de artesanías, sin bares, sin músicos… y sin baños.
El domingo 13 las chicas se fueron a una excursión a Akumal pero como yo estaba bastante resfriado me quedé en el hotel conformándome con un corto chapuzón en la playa que estaba a dos cuadras. Disfruté de la compañía de pelícanos y gaviotas.
En Playa del Carmen no hay costanera. Las playa es una sola, pero los distintos sectores se conocen por el número de la calle que desemboca allí. La que yo fui era la playa de la calle 12.
La excursión de Akumal consistía en visita y baño en un cenote cerrado y nado con tortugas marinas en una playa.
El último día fue de playa en la calle 2.
El martes 15 tomamos un Uber rumbo al aeropuerto de Cancún. Así recorrimos el último tramo de la llamada Riviera Maya. Antes habíamos recorrido el que va desde el sur, Tulum, a Playa del Carmen. El nombre “Riviera Maya” podría sugerir un camino costero con vista al Mar Caribe. El camino sí, va siguiendo la costa, pero el mar no se ve en ningún momento. Solo hay entradas para los grandes hoteles, pero el sendero hacia las playas pronto se pierde entre la selvática vegetación.
Llegamos al aeropuerto de Ezeiza el
miércoles 16 bien temprano, nos recibió el fresquito otoñal, y un ómnibus de
Tienda León nos dejó en nuestra Mar del Plata a eso de las 4 de la tarde.
México, un viaje en el que conectamos las
dos puntas de la Patria Grande.



























































Qué interesante tu diario Pachi. Me encantó!
ResponderEliminarGracias! Sale como anónimo, no sé quién sos.
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