domingo, 15 de diciembre de 2024

RUTA SALAMONE



Entre 1936 y 1940 el arquitecto-ingeniero ítalo-argentino Francisco Salamone al servicio del gobernador de la provincia de Buenos Aires Manuel Fresco construyó unas 70 obras monumentales de llamativos diseños. En junio de 2022 Silvia, Diana y yo visitamos un domingo las 6 obras que hizo en el partido de Balcarce. Nos quedamos con ganas de ver más, y en este luminoso mes de noviembre se nos unió Elsita para hacer una intensa recorrida de una semana por la provincia y poder conocer otras 30 de sus obras, incluyendo las más espectaculares. Con nuestro Toyota Ethios emprendimos la aventura que sirvió de paso para conocer y disfrutar otras atracciones que presentan nuestras pampas bonaerenses: la sierra de la Ventana, las lagunas encadenadas con las super-saladas aguas de Epecuén, las ruinas que quedaron allí después de la gran inundación de 1985, las pulperías, las curiosamente numerosas colonias de alemanes del Volga, etcétera. Y las aves: golondrinas, loicas, loros barranqueros, falaropos y flamencos también fueron protagonistas.


El recorrido tiene forma de pez. Lo ven?


 

PRIMERA PARADA: AZUL

 

El primer objetivo fue Azul, a 270 kilómetros de Mar del Plata, en el otro extremo del sistema de Tandilia recorrido por la ruta 226. Salimos el martes 19 a las 9.

La primera obra de Salamone que vimos fue la cruz de entrada a la ciudad. Desde ahí, unos dos kilómetros para las afueras, se encuentra el matadero, fuera de servicio como todas las construcciones de este tipo, pero en el que el arquitecto dejó evidencias de su ingenio creativo, con esa especie de cuchilla que nace en el vértice inferior del edificio y termina en lo más alto.


Ya en la ciudad hicimos picnic en el bello parque Sarmiento, cuyas altas columnas de entrada son también obra de Salamone.


Luego visitamos la plaza central (San Martín), donde puso baldosas tricolores en zig-zag que dan la impresión de que el suelo estuviera ondulado, y también diseñó asientos, copones y luminarias.

Y le llegó el turno a una de las obras cumbre de Salamone, el gran portal de entrada al cementerio, con las inmensas letras RIP y un enorme y severo arcángel Miguel custodiando.


Está en duda que la estatua sea obra de Santiago Chierico (acaso la hizo el mismo Salamone?) con lo cual el papel de Chierico en los trabajos de Salamone quedaría reducido al gran Cristo de Laprida, ya que los demás Cristos son reproducciones en escala de aquel.

Para ser fiel a mis convicciones, no puedo dejar pasar que al margen de lo magníficas que nos puedan resultar las obras de Salamone, el hecho de instalar imágenes de divinidades cristianas (el arcángel Miguel en este caso, Jesús en muchos otros) en lugares públicos (cementerios municipales) es una imposición propia de regímenes autoritarios y confesionales como el que se impuso en 1930 con el golpe fascista que destituyó a Yrigoyen, una falta de respeto a quienes profesan otras creencias o a quienes adherimos a la frase de Carl Sagan: “No quiero creer, quiero saber”.

Azul cuenta también con un excelente balneario (embalse del arroyo Azul)




y la costanera Catriel del mismo arroyo.

 

COLONIA HINOJO

 

Al otro día, nuestro destino era la Sierra de la Ventana. Camino a Olavarría hicimos un alto en Colonia Hinojo, la primera colonia de alemanes del Volga en el país, instalada en 1878. Cuenta con 900 habitantes. Hay que pasar primero  por otro pueblo llamado Hinojo (2900 habitantes), pero no estaba claro consultando Google.  El planito de la municipalidad lo aclara.


En Colonia Hinojo vimos un lindo monumento a la madre alemana que da espaldas al puro campo.

También visitamos el museo Ariel Cherico, en una vieja casona que al estilo alemán del Volga tiene solamente ventanas en el frente, se entra por el costado. En el museo se exhiben distintos enseres que usaban los primeros habitantes.


Cerca de Olavarría hay otras dos colonias de alemanes del Volga (Nievas y San Miguel), hay tres cerca de Coronel Suárez, y Torquinst en la comarca de Sierra de la Ventana lo fue también.

Nombres familiares vinculados a la industria de la cal y el cemento (Loma Negra, Sierras Bayas, Villa Fortabat) nos anunciaban el fin del sistema de Tandilia. Fortabat fue el gran proveedor del cemento conque Salamone construyó sus obras.

 

LAPRIDA

 

En la llanura, a 150 kilómetros de Azul nos desviamos hasta Laprida, otro importante hito en la ruta Salamone. Al entrar por avenida San Martín se encuentra el Centro de Interpretación Salamone, en un moderno edificio. Ahí Natalia nos explicó muy amablemente y nos mostró muebles diseñados también por el prolífico arquitecto, algunos sumamente originales.


Luego de almorzar frugalmente en el Club Social visitamos la Plaza Pedro Pereyra (así se llamaba el fundador de la ciudad), trabajo de Salamone que cuenta con una magnífica “fuente” que no es tal, solo cumple funciones decorativas y de iluminación,


y gracias a las gestiones de Natalia pudimos visitar la municipalidad, también salamónica. La aguja que le falta al reloj nos la mostró Natalia en el Centro de Interpretación: se había caído unos días antes.



En el primer piso está el Salón Dorado amueblado también por nuestro arquitecto, y hasta con tres de sus “arquicaricaturas” que representan a los vencedores de la segunda guerra mundial: Roosevelt, Churchill y Stalin.

De ahí caminamos hasta el corralón municipal (hoy Complejo Educativo Municipal), al que tuvo la ocurrencia de hacerle un frente redondo.


Ya en las afueras de la ciudad visitamos otra de las obras máximas de Salamone: El portal de entrada al cementerio, con una cruz de 33 metros, rodeada de misteriosos conos.


Los espacios interiores de esas construcciones han sido copados por golondrinas tijerita (hirundu rustica), que han hecho cantidad de nidos y revolotean por doquier. Elsita entró primero y salió corriendo creyendo que eran los antipáticos murciélagos, pero eran las simpáticas golondrinas.


Un poco más lejos se encuentra el matadero, que funcionó hasta 2011 y conserva pese al abandono un bonito diseño.


 

SIERRA DE LA VENTANA

 

A los pocos kilómetros tomamos la ruta 76 que nos conducía a Sierra de la Ventana 200 kilómetros más adelante. Cuarenta kilómetros antes de llegar la ruta toma rumbo norte-sur y pasa entre dos de las sierras del sistema Ventania: Las Tunas, que forma parte del sistema Pillahuinco (“arroyo de las achiras” en mapudungun) y Ventana. Llegamos a la población llamada justamente Sierra de la Ventana, que cuenta con 2.200 habitantes y tras cruzar el arrioyo  Sauce Grande (no están de acuerdo en si es arroyo o río), entramos en Villa Arcadia (450 habitantes), donde se encuentra la Posada de los Cerros que habíamos contratado por tres noches, y donde nos esperaban las mismas golondrinas tijerita que vimos en Laprida, que habían hecho nido también en nuestro garaje. Estas golondrinas  migraban desde Norteamérica en nuestro verano, pero hace unos años muchas de ellas nidifican acá y aprovechan muy bien el reparo de nuestras construcciones, ya que les damos permiso para hacerlo.

 

LAS SIERRAS Y TORNQUIST

 

La mañana del día siguiente estaba destinada a ir hasta Tornquist y volver. La  ruta 76 atraviesa para esto la sierra de la Ventana. Por lo cual es la ruta más alta de la provincia. En el Abra de la Ventana alcanza 516 metros de la altura, casi como las mayores elevaciones de Tandilia (524 metros). Ahí mismo está el mirador que permite observar a lo lejos la famosa ventana de 9 X 5 mt que se encuentra en la cima del cerro Ventana, uno de los más altos del sistema, con 1.136 metros.


Mi sorpresa fue que la ventana se veía desde la misma ruta, ya que cruzando la ruta está el “Mirador Casuhatí” (nombre indígena de las sierras) al que hay que trepar para ver lo que ya se ve desde abajo, de modo que tras algunas polémicas optamos por no hacer la trepada que nos hubiera llevado media hora.

Otra sorpresa fue ver algunas loicas que merodeaban confiadas por el lugar. Estas aves no son tan fáciles de ver. Hay dos especies, leistes loyca y leistes defilippi, muy parecidas, no supe distinguir cual era.


Allí cerca hay dos pueblitos de los que integran la llamada “comarca”: La Gruta (52 habitantes) y San Andrés de la Sierra (58 habitantes), aptos para los que buscan tranquilidad extrema. Están uno frente al otro. Decidimos dar una vueltita por el primero, que nos quedaba en la mano de la ruta.


Llegamos pronto a Tornquist, ya que está a solo 55 kilómetros de nuestro alojamiento. En esta ciudad de 7.600 habitantes Salamone hizo la cruz del cementerio con su Cristo réplica a escala del de Chierico en Laprida,


la municipalidad y el mal llamado mobiliario (si no se mueve) de la plaza.

Pero ahí el protagonista es Ernesto Tornquist, que fundó la ciudad en 1883. Este banquero que en Mar del Plata hizo el Torreón, aquí había encargado el diseño de la plaza al famoso paisajista Carlos Thays. En 1906 la dotaron de un laguito artificial al que Salamone luego le puso puentes.

Estábamos en el partido de Tornquist, en la ciudad de Tornquist, en la plaza Tornquist, con un monumento a Tornquist y con el mismo Tornquist enterrado en la iglesia que hizo construir en el centro de la plaza.

A la vuelta entramos en Villa Ventana, población de 600 habitantes más tranqui aún que Sierra de la Ventana – Villa Arcadia. Ahí está trazado un “sendero ribera del Belisario” para caminar entre el bosque a orillas del arroyo de ese nombre, y que Silvia, Diana y yo recorrimos un trecho corto, porque se nos hacía tarde para almorzar, cosa que hicimos en la posada.


Luego de una reparadora siestita decidimos trepar al cerro Ceferino o del amor, de solo 350 metros de altura, que está muy cerca de la posada, de fácil ascenso, aunque recomiendo no entrar por la tranquerita "oficial" que algún gracioso instaló en un lugar complicado, y que ofrece muy lindas vistas de todos los alrededores desde la cumbre.




Dado lo tarde que oscurece en noviembre, nos quedó tiempo para visitar la vieja estación que ahora es un museo cerrado,


y el tradicional puente negro, por el que aún circulan trenes.



 

 

SALDUNGARAY

 

A la mañana siguiente encaramos para Saldungaray, a solo 10 kilómetros al sur.

Este pueblito de 1.400 habitantes cuenta con una de las más impresionantes obras de Salamone: el portal del cementerio en forma de rueda de 19 metros de díametro.


Las golondrinas tijerita también aquí se habían adueñado de los espacios interiores.

Saldungaray también está a orillas del arrioyo  Sauce Grande. En sus inmediaciones han reconstruido el Fortín Pavón, de la época de la mal llamada “Conquista del Desierto”, pero al estar cerrado bajamos hasta el arrioyo y nos encontramos con que lo rodeaban lindas arboledas y altas barrancas ocupadas por bullangueros loros barranqueros (Cyanolesius patagonus).


También visitamos la primera de las más de 30 bodegas que ahora hay en la provincia. Se llama Saldungaray y elabora la marca Ventania. Disfrutamos de una visita guiada con degustación.


Y a dos kilómetros de ahí, el Campo Udi, criadores de ganado y productores de queso.

La plaza y la delegación municipal de Saldungaray también son obras de Salamone.



A la tarde habíamos concretado una visita a “Lavandas de las Sierras”, 25 kilómetros al norte, un campo dedicado a cultivar esta planta que florece en este mes, y otras aromáticas. Complicado llegar, porque el cartelito que hay es del establecimiento, llamado “El pantanoso”. Visita que quizás no compensa lo que te cobran la entrada.


 

CARHUÉ Y EPECUÉN

 

Al otro día, para ir hasta Carhué (170 kilómetros) volvimos a cruzar la sierra por la ruta 76 y sin entrar a Tornquist giramos hacia el norte por ruta nacional 33.

A los 110 km luego de cruzar las primeras estribaciones de la sierra Cura-Malal (“corral de piedra” en mapudungun), la cadena montañosa más norteña de Ventania, entramos en Pigüe (“lugar de encuentro”), ciudad de 15.000 habitantes fundada en 1844 por occitanos provenientes de Rodez, por eso la embajada francesa la considera “un pequeño rincón de Francia en la Argentina”.

Poco más adelante abandonamos por primera vez la pampa serrana entrando en la pampa deprimida.

Antes de entrar en Carhué (“lugar verde”) pasamos por su cementerio, buscando una presunta cruz de Salomone, pero no hay tal cruz.

Nos instalamos por 3 días en el Hotel Spa Carhué, muy confortable.

Por la tarde encaramos para el lado de Villa Epecuén (otra palabra mapuche, de etimología discutida), la ciudad en ruinas inundada en 1985, a 15 kilómetros. Se va por avenida Colón. Al final está el “Cristo del Camino”, de Salamone y Chierico, al que le faltan las manos. Hay un cartel que indica que durante la inundación el agua le llegó hasta el pecho. Siguiendo el camino pasamos por el matadero de Salamone, también en ruinas, pero en pie, conservando el estilo.


En Villa Epecuén se puede caminar por sus calles para observar las ruinas que quedaron de sus edificios.



Era una población con gran afluencia turística buscando sus aguas muy saladas (200 gramos de sal por litro, cercanas a las del Mar Muerto que tiene 350). Compárese con el agua del mar: 35 gramos por litro.

Aprovechando el buen clima, pese a que ya eran las 19:30 fuimos a la “playa ecosustentable” y nos metimos en la laguna, de agradable temperatura y muy poca profundidad.


Mientras nos adentrábamos buscando unos centímetros más de agua para flotar, nos sorprendieron enormes bandadas de unas aves blancas que volando bajito hacían figuras sobre la laguna antes de posarse en el agua. Luego descubrí que se trataba de falaropos (Phalaropus tricolor), chorlitos que migran desde Canadá. Como estábamos todos en el agua no los pudimos filmar, por eso pongo este enlace ilustrativo.

También se veían flamencos que se alimentan de los únicos pequeños crustáceos que habitan esas aguas tan saladas: las artemias, que años atrás se comercializaban mucho como “sea monkeys”: sus huevos se vendían en sobres pues funcionan como las semillas, durante años pueden permanecer secos en estado vegetativo, y cuando se los mete en agua se desarrollan. Se usan también como alimento vivo de los peces de colores en los acuarios.


Terminamos la jornada en las piletas del hotel: una descubierta, de agua dulce templada,


y la otra cubierta, con el agua salada de la laguna calentada a 32 grados, en la cual es imposible hundirse aunque uno se haga una bolita.

El día siguiente, sábado 23, lo dedicamos a disfrutar las piletas del hotel, con la sola interrupción del almuerzo en el restaurant Sciacca, para probar los exquisitos pejerreyes fritos que se traen desde Guaminí, en la vecina Laguna del Monte, que no es tan salada como la de Epecuén, donde ya vimos que no vive ningún tipo de pez debido a su salinidad.


El domingo por la mañana yo empecé visitando el Museo Regional Dr. Adolfo Alsina, que tiene la piedra fundamental del pueblo que se llamó en principio “Adolfo Alsina”, pero luego este nombre quedó para el partido y la ciudad cabecera mantuvo el nombre mapuche Carhué


. El museo exhibe prendas y platería mapuche, etnia que dominó las pampas durante dos siglos, y un cartel indica que para Calfucurá, “el emperador de las pampas” durante cuarenta de esos 200 años, Carhué, junto con Salinas Grandes y Choele-Choel formaban un “triángulo vital” en su estrategia.

Luego los cuatro juntos visitamos la plaza Levalle, con la colorida estatua ecuestre que lo evoca, y vimos la llamativa municipalidad salamónica, que pareciera tener forma de cascada, a cuyo frente hay una fuente que se alimenta del agua que cae del techo.


A continuación pasamos a ver el Complejo Termal y Lúdico Mar de Epecuén, que está cerca del lago, y al que no pudimos acceder porque abre solamente los fines de semana.


Por ahí cerca está el cementerio viejo de Carhué, que también quedó en ruinas tras la inundación, aunque algunas tumbas se han recuperado y les siguen llevando flores.

Constatamos que en este otro cementerio tampoco hay ninguna cruz de Salamone, la única que hay en Carhué es la “cruz del camino”.

A la tarde visitamos el “Museo Lito”. Miguel Angel “Lito” Sottovia era segundo jefe de bomberos en la época de la inundación y en el museo que armó en su casa cuenta sus duras experiencias en esos días, pero además es un coleccionista y constructor de distintos aparatos (incluyendo autos) que, al contrario de lo que suele ocurrir en los museos, funcionan y los hace funcionar.



También visitamos la casa de “la última fortinera”, Domiciana Correa, recuerdo de esos “años de lanza y romance” que evocaba el poeta Marcelo Berbel.


El resto del día lo seguimos dedicando a las piletas del hotel, salvo yo que hice un paréntesis para contemplar el ocaso en el lago.


 

GUAMINÍ

 

Al otro día partimos siguiendo el rumbo de las lagunas encadenadas, rumbo a la Laguna del Monte, que es la tercera de ellas, salteando a la segunda que es la Laguna del Venado, porque no hay acceso. A sus orillas, a 50 kilómetros de Carhué, está Guaminí. Acá también dejó Salamone su huella: el matadero, con su torre que se va angostando adornada con esas “hostias” características y un portón de entrada muy llamativo.




No falta aquí tampoco el crucifijo de Chierico, en este caso a la entrada del pueblo (2.900 habitantes).

La municipalidad, muy original con sus balcones redondeados y barandas estilo barco, y sus dos columnas laterales que terminan en agudos ángulos dando impresión, según el punto de vista, de ser muy delgadas.


También es suya la plaza contigua, que cuenta con una hermosa fuente con esferas y “hostias”, pérgolas y farolas características.


Nos dejaron entrar a la municipalidad, donde hay mobiliario de Salamone


y murales alusivos a la difícil convivencia entre indios y gauchos.



Después de la inundación de 1985 la municipalidad quedó casi a espaldas de la Laguna del Monte. Hay grandes terraplenes de protección contra inundaciones, pero el agua se veía en estos momentos muy lejos.


 

PRINGLES

 

Seguimos viaje, y al pasar por Coronel Suárez y sus colonias de alemanes del Volga, ya estábamos entrando nuevamente en la pampa serrana.

Ibamos hacia Pringles por la ruta 85, pero al cruzar la ruta 76 no quisimos dejar pasar la posibilidad de conocer Quiñihual, el pueblito perdido en el campo que cuenta con un único habitante, Pedro Meier, que atiende el viejo almacén-pulpería que allí funciona. Para ello había que retroceder unos kilómetros por ruta 76 y, ayudados por una veterinaria que está al costado de la ruta, encontramos la huella de tierra que nos llevó.




El negocio al mediodía estaba cerrado, pero don Pedro alertado por los ladridos de los perros nos atendió muy gentilmente, nos abrió para que conociéramos y hasta se sacó unas fotos con nosotros.


También nos indicó como seguir por otra huella hasta la ruta 85 para ahorrar camino.

Fue una grata visita. Este pueblo supo tener 700 habitantes, pero al cerrar la estación en los noventa, la gente se fue. Curiosamente Quiñihual en mapudungun significaría “uno alrededor” o “alrededor de uno”.

Llegamos a Pringles bien pasado el mediodía, y ahí almorzamos los sándwiches que teníamos preparados, en el salón del hotel Los Tilos.

Pringles, de 20.000 habitantes, está junto al arroyo Pillahuinco, que también da nombre a una de las cadenas montañosas de la Sierra de la Ventana. Han hecho un balneario a sus orillas, pero nos desilusionamos al ver que el arroyo estaba seco, y sólo estaban activas las canchitas de fútbol.

Así que rápidamente fuimos a ver el matadero, en el que sin descuidar la ornamentación, nos presenta, como el primero que vimos en Azul, una hoja vertical que semeja una cuchilla.


Tampoco se nos escapó el cementerio, con otra cruz de Chierico, aunque esta, junto a los pies, tiene una chapa que dice: “autor: ing. F. Salamone”.


Volvimos al centro y constatamos que esta ciudad fue un digno broche final para nuestra Ruta Salamone, ya que el gran arquitecto se esmeró con un imponente edificio municipal, provisto de una torre de excepcional anchura, y vistosos contrafuertes que le aportan gran elegancia.


Puso ese edificio en medio de la plaza, y diseñó también el bulevar 25 de Mayo

que cruza la plaza y rodea la municipalidad, flanqueada por dos notables fuentes.

En la plaza se despachó con cantidad y calidad de columnatas, pérgolas, copones, asientos y luminarias de diversos tamaños y formatos, además de baldosas bicolores en zig-zag, no tan mareadoras como las de Azul.


Al día siguiente sólo nos quedó regresar a Mar del Plata (380 kilómetros) luego de un placentero y enriquecedor viaje de 1.700 kilómetros con identidad bonaerense.

 

4 comentarios:

  1. excelente relato! que linda provincia que tenemos 💗... y como la supo aprovechar Salamone

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    1. Gracias, Manuel. Sí, es una linda provincia, y las magníficas obras de Salamone contribuyeron a embellecerla.

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  2. Muy buen relato! Monumental obra la de Salamone!!!

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    1. Gracias!, realmente admirable la cantidad y calidad de obras de gran envergadura.

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