viernes, 12 de abril de 2013

PLAYAS Y CULTURAS MILENARIAS




Viaje a la costa norte peruana, febrero 2013.
Participantes: Diana, Ernesto, Silvia y Pachi
Transporte: Aerolíneas Argentinas, de Buenos Aires a Lima. Luego, un Kia Río alquilado que menejó muy bien Ernesto hasta Máncora, ida y vuelta (unos 2400 km)


LIMA
Los cuatro protagonistas que viajamos juntos (Diana, Silvia, Ernesto y yo) llegamos al aeropuerto internacional Jorge Chávez tras 4 horas de un buen viaje por Aerolíneas Argentinas, el domingo 10 cerca de las 22:30 (hay dos horas menos, así que hora argentina ya eran las 0:30 del lunes). Un taxi nos 2400 km) Lima. Luego, un Kia R acercó al hotel Las Palmas, en el barrio de Miraflores. Sólo nos quedó tiempo para dar un paseíto por el coqueto Parque Kennedy y cenar frugalmente en la pintoresca “calle de las pizzas”, a pocos metros del hotel, pero no cenamos pizza, sino pollo.
La mañana siguiente fue nuestra primera jornada (calurosa) de paseos. Nuestro medio de transporte fue el colectivo, que abordamos cerca del palacio municipal de Miraflores, junto a la iglesia de la virgen milagrosa.
El colectivo en Lima es una pintoresca mezcolanza de pequeños furgoncitos con ómnibus grandes. Eso sí, todos tienen el guarda que apura a los pasajeros a subir o a bajar y que vocifera colgado del estribo en las paradas indicando para donde va.  Recorrimos el centro histórico, donde se encuentra la plaza San Martín, con la estatua del Libertador en su centro, y lugar donde fue asesinado otro gran prócer americano: el tucumano Bernardo Monteagudo, el 28 de enero de 1825.


 No hay cartel indicativo, pero gracias a precisos datos obtenidos en Wikipedia, supimos que en esta precisa esquina, donde en esa época estaba el Convento de San Juan de Dios, fue apuñalado el más americanista, indigenista y anticlerical de los revolucionarios de 1810.


De allí por una calle llamada Jiirón de la Unión (Jirón las dicen a las calles cortas)
se accede a la Plaza Mayor o Plaza de Armas, donde está el palacio gubernamental. Como llegamos a las 12 pudimos ver el cambio de guardia que es una ceremonia muy colorida y marcial, donde los soldados marchaban al ritmo de la banda que tocó entre otras cosas Carmina Burana y El condor pasa.


Alrededor de la plaza se encuentran también el palacio municipal y la catedral.




Nos llamó la atención lo bien cuidado y limpio que está todo. Lo malo es el tránsito, pues andan como enloquecidos y a los bocinazos.
Luego hicimos una visita guiada impresionante al Convento de San Francisco con sus catacumbas; conserva reliquias desde el siglo XV, entre ellas una biblioteca. No permiten sacar fotos en el interior.


A la tarde fuimos al museo Larco de historia, con grandes colecciones de las importantes y antiguas civilizaciones indígenas del Perú. Me criticaron mucho por cuestionar que las leyendas que acompañan las piezas están escritas en letra muy pequeña y poco contrastada, y encima hay poca luz, pero créanme que es así.

La parte más destacada de este museo es la colección de arte erótico (en una sala aparte) que demuestra que los antiguos habitantes del Perú no le hacían asco a nada a la hora de practicar sexo. 




Por último gozamos de la puesta del sol en la costanera de Miraflores, que también es muy bonita.
El "monumento al amor" llama la atención y es un un lugar de encuentro para jóvenes.


El martes caminamos hacia la Huaca Pucllana, que está ahí en el barrio, pero ese día no se podía visitar.
Luego recorrimos museos. Primero, el Nacional de Arqueología, Antropología e Historia, en Pueblo Libre, que es muy completo.  Algunas piezas de cerámica de la cultura vudú darían la impresión que representan astronautas o conductores de máquinas.


Luego, el de la Inquisición, frente al Congreso. Allí hay representadas escenas con maniquíes, y lógicamente yo me tuve que solidarizar en la foto con el pobre reo al que estaban condenando los siniestros inquisidores.
También se representan los castigos que sufrían los que no aceptaban la bondad divina.
Pasamos también por la Biblioteca Nacional, a pocas cuadras de allì, pero estaba cerrada por el Carnaval, que de paso no se notó mucho en esa capital, que parecía funcionar como cualquier día laborable.


La idea era conocer el viejo edificio que fue inaugurado por San Martín y Monteagudo, a la que en un gesto que reflejaban sus ideales, donaron sus colecciones de libros para aportar a la educación popular.
Por la noche visitamos el barrio limeño de Barranco, muy concurrido. Allí está el “puente de los suspiros”
cantado por la gran Chabuca Granda, que tiene por ahí cerca su monumento. Allí cenamos anticuchos y picarones, acompañados de chicha morada.



HUANCHACO Y TRUJILLO
. Ernesto retiró el Kia Río que habíamos alquilado y partimos hacia el norte.  Nueve horas nos llevó recorrer los 600 kilómetros hasta Huanchaco. La ruta panamericana está en buen estado pero con un tránsito imposible, que abnegadamente soportó Ernesto al volante. Además solo es autopista los primeros 200 km, los otros 400 son mano y contramano y la ruta pasa por el medio de todos los pueblos. Por lo cual saco como conclusión que mejor sería hacer este viaje en colectivo, y que se embrome el colectivero.
El paisaje en general es bastante desolador, pero muy curioso: es un desierto más árido que la Patagonia, a veces parece el Sahara: puros médanos de arena:
Y la arena que vuela se confunde con la bruma que llega del océano. Pero cada tanto, con los ríos que bajan de la Cordillera de los Andes aparecen las zonas fértiles, muy cultivadas con arroz, caña de azúcar, cocoteros y hasta bananas.


Durante el viaje hacimos dos paradas: una en el monumento Sichén en Casma (no confundir con CASLA que es San Lorenzo).


Son las ruinas de una gran construcción pre-inca donde todas las piedras están grabadas con artísticos motivos. A este lo bauticé “gente durmiendo”
. Además hay un museo cuyo atractivo principal es una momia de una joven muy bien conservada (bastante impresionante).


La otra parada fue el balneario de Tortugas, enclavado en una pequeña bahía muy cerrada, que le da un aire mediterráneo, con sus casitas en las laderas y sus botecitos.


Llegamos ya de noche al hotel Bracamonte, muy cerquita de la playa de Huanchaco,  Un hotelito  agradable, con espacios, patios y jardines y una pileta de natación que estaban llenando cuando llegamos.
Ademàs cuenta con un excelente restaurant, por lo cual no tuvimos que movernos del hotel para disfrutar de la buena gastronomía de esta zona, y muchas obras de arte decorándolo.


La mañana siguiente (jueves) amaneció con una fuerte neblina, pero igual disfrutamos de la playa.
Huanchaco es famosa por los “caballitos de totora”, usados para la navegación y la pesca desde el tiempo de los milenarios moches y también de sus continuadores, los chimúes.


Aún en la actualidad los pescadores de Huanchaco continúan con esta ancestral tradición, y ademàs se usan para paseos marítimos para turistas.
Los pelícanos son aves habituales en el Pacífico, pero no es común encontrarse con un ejemplar muy tranquilo en la playa. Este fue protagonista de muchas fotos.




Tras una tarde tranquila decidimos corrernos a la vecina Trujillo por la noche. Trujillo tiene casi 800.000 habitantes, y es una ciudad con un centro histórico alrededor de la Plaza de Armas, que presenta una notable arquitectura colonial. Se destacan las “ventanas trujillanas”.
En la catedral junto a la plaza vimos el comienzo de la procesión de San Valentín,
y en la municipalidad un desfile de amazonas montadas en los famosos caballos de paso peruanos.


El viernes lo dedicamos a visitar importantes sitios arqueológicos: Primero Chan Chan, capital chimú (siglos X al XIV), la ciudad de barro más grande de América, que se encuentra muy cerquita, entre Huanchaco y Trujillo.
 Allí contratamos a Luciano, un joven guía que nos acompañó muy bien haciéndonos notar la calidad antisísmica de las gruesas paredes que rodean cada una de las 9 ciudadelas que componen el sitio.
Al visitar una de ellas, pudimos apreciar su organización urbanística, con precisos lugares bien delimitados: plazas para ceremonias,
depósitos de alimentos, lugares funerarios, reserva de agua, etc


. Luciano nos acompañó también a visitar las huacas del sol y de la luna, de la cultura Moche (siglos I al IX), La huaca del sol era un centro administrativo, al que actualmente no se puede ingresar. La de la luna, centro religioso, está separada de la otra por lo que era una ciudad que actualmente está en proceso de desenterramiento e investigación. (Hay en estas tierras mucho campo de acción para arqueólogos, paleontólogos, etc.) Al recorrer la huaca de la luna nos encontramos con hermosos y coloridos murales.


Allí se homenajeaba especialmente al dios Aiapaec, divinidad bastante terrorífica (bueno, como el dios de la Biblia) al que se lo denominaba el dios degollador
. Luego volvimos a la colonial Trujillo, para recorrerla de día. Y finalizamos con un poco de pileta en el hotel.





LAS CALIDAS PLAYAS DEL NORTE
El sábado 16 seguimos viaje con rumbo norte. Otros 600 kilómetros nos separaban de nuestro destino, el complejo Aquarena de Vichayito. El viaje fue también duro por el tránsito, pero con paisajes cambiantes que le dieron mucho atractivo. Pasamos por desiertos como el del Sahara, cañaverales, arrozales, bananales, montañas, altiplanicies, palmerales, etc. Muy variado, por cierto.
Llegamos ya cayendo el sol a  esta hermosa y extensa playa 8 km al sur de Máncora, que es el centro turìstico de esta zona. Acá no hay sitios arqueológicos, solo playas con aguas tibiecitas; es que aquì la corriente ecuatorial se impone a la de Humbolt. La prueba está en que nos dimos un chapuzòn a las 6 y media de la tarde, mientras se ponía el sol en el horizonte. Excelente!
 Vi alguien con una remera que decía: “Máncora: como el Caribe pero con ceviche”. Será así? Porque yo por el Caribe todavía no he pasado.


Hemos podido disfrutar de un clima bien veraniego (esta zona se jacta turísticamente de ser eterno verano), y de una playa enorme y casi desierta, con agua tibia, fuerte oleaje, arena como en Mardel, y suave declive, sin pozos ni zanjas. Mejor imposible!  Daba para comer mango en la arena…


Nuestra latitud era 4º sur, es decir estábamos a sólo 4 grados del ecuador, y de hecho estamos en esa cuñita que forma Perú entrando en Ecuador (el país) que se encuentra a pocos km al este y al norte nuestro,.tan pocos km que buscando una esquiva playita que no pudimos encontrar (Punta Sal), nos topamos con controles aduaneros.
Hicimos un par de visitas a Máncora , básicamente a comer, y de paso visitamos la playa, que también es linda... pero llena de gente!
Notable la diferencia. Allí encontramos un restaurant llamado "La mosca en la sopa" (sic) que resultó ser de unos jóvenes argentinos, y donde pudimos disfrutar de una gastronomía combinada argentino-peruana, y también nos dimos el lujo de cambiar la cerveza peruana por un ya añorado vinito cuyano (bastante caro por cierto).
El martes 19 empezamos el regreso, pero antes fuimos a visitar un lugar recomendado por las chicas de “La mosca en la sopa”: la caleta “El Ñuro”, otra bonita playa cercana,
caracterizada por la presencia de tortugas marinas muy confiadas, que se acercan a la gente y se dejan tocar.


Luego de completar la mañana disfrutando por última vez de la playa de Vichayito, dejamos el hotel al mediodía y volvimos a Máncora a comer “el mejor ceviche del norte” (también recomendado en el restaurant argentino), en un pequeño establecimiento fuera de la zona comercial.

EL SEÑOR DE SIPAN
 Inmediatamente salimos a la ruta y encaramos los 380 km. que nos separaban de Chiclayo. La ruta panamericana era la misma, pero el clima no: ráfagas de viento hacían que  la arena  atravesara la ruta haciendo más difícil la visibilidad.
Pero llegamos a esta importante localidad, de tamaño similar a Mar del Plata,  ya cayendo  la tarde, y nos instalamos en la hostería céntrica Hikari.  Objetivo principal en Chiclayo era visitar el "Museo Tumbas Reales de Sipán", cosa que hicimos a la mañana siguiente. Está ubicado en la localidad de Lambayeque, a unos 15 km de Chiclayo Es un museo de primer nivel con una arquitectura que recuerda las pirámides moche, que exhibe orgullosamente lo encontrado en un enterratorio  que milagrosamente fue hallado intacto (sólo habían saqueado una pequeña parte) en 1987.
La cantidad y calidad de ornamentos (se destacan las piezas cerámicas con rostros de gran realismo y los finos trabajos en oro) conque fueron enterrados el señor de Sipán, el viejo señor de Sipán, un sacerdote y varias personas de su séquito es  realmente impresionante y demuestra lo avanzado de la civilización moche que habitó estas regiones entre los siglos I y IX, de la cual ya habiamos visto en Trujillo las huacas del sol y de la luna. Pero no permitían tomar fotos en su interior.
La visita incluye una representación con maniquíes animados de escenas de la cultura moche, con música original. Los rostros de los maniquíes fueron hechos tomando como modelos a gente del pueblo, descendientes de esta milenaria cultura.
El museo no es solamente el interior del edificio. Una importante extensión anexa, al aire libre, está dedicada a representar una ciudad moche,  custodiada por un guerrero,
con su plaza dedicada a Aiapaec,
sus viviendas y edificios (que aprovechan para la venta de artesanías y platos típicos),
sus característicos  aguaribayes, y hasta una zona de cultivos.
Es fácil coincidir con el arqueólogo peruano Walter Alva, descubridor de las tumbas y actual director del museo, cuando dice que este monumento cultural es el Museo del siglo XXI.
En Lambayeque  hay otro museo arqueológico (el Bruning) que aprovechamos para visitar. 
Tiene también muy buenas colecciones, y aprovechamos para sacar las fotos que no nos dejaron en el de Sipán.
 Me detuve a mirar un dibujo que ilustra una idílica escena cotidiana de aquellas épocas:
mujeres tejiendo bajo el alero de su casa, niños jugando, los perros pila acompañando… una imagen bien distinta de los “indios salvajes” que nos presentaban los conquistadores. Afortunadamente para ellos, los moches nunca tuvieron que enfrentarse con los españoles, su cultura se extinguió cinco siglos antes de que ellos llegaran.
Paseamos un poco por esta antigua y tranquila localidad,


pero había que almorzar, y nos topamos con un lugar muy recomendable: el restaurant Pacífico, grande, popular y provisto de un impresionante menú que parecía un libro. Fue lo más representativo de la rica gastronomía peruana (rica en variedad, ya que tienen como 500 platos típicos, en originalidad, en presentación… y en gusto).
Tomando en cuenta todas las cosas lindas que ofrece Lambayeque, no sería mala idea tratar de obtener alojamiento en lugar de la bulliciosa Chiclayo.
La tarde fue dedicada a la siesta y la noche a pasear por las calles de Chiclayo, cenando en un chifa.
Los chifas son otra maravilla de la gastronomía peruana: una combinación de cocina autóctona y china, que aprovechó este importante componente inmigratorio para desarrollar platos muy especiales que arraigaron hasta el punto de  Wikipedia indica que solamente en Lima hay actualmente unos cinco mil chifas.

LA CIUDAD MAS ANTIGUA DE AMERICA
Al día siguiente, jueves, a continuamos el retorno, rumbo a Huacho, unos 600 km , para quedar así a tiro de Caral y visitarla el viernes, con tiempo de regresar a Lima y tomar el avión de regreso. 
Durante el camino reparamos en montañas “bañadas en arena”
y en grandes y despobladas playas (qué es un desierto de arena que termina en el mar?: una playa gigante!).


Ya cayendo el sol llegamos a Huacho, otra bulliciosa ciudad de 150.000 habitantes, y luego de buscar nos instalamos en el hotel La Villa, un poco alejado de ese bullicio.
A la mañana siguiente partimos rumbo a Caral (retrocediendo unos kilómetros).
Caral fue declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad en 2009, debido a que  se determinó que su antigüedad es de unos 5.000 años, lo cual puso a Perú entre las 5 o 6 zonas del mundo donde surgió el desarrollo autónomo de la civilización, contemporánea a las de Egipto y Mesopotamia. Había dos formas de llegar: una más corta, pero en esta época hay que dejar el auto a 2 km del destino, pues no se puede cruzar el río Supe; la otra más larga, por caminos sin pavimentar, llega hasta el lugar y fue la que tomamos nosotros, sin saber que había otra opción. Curiosamente, el camino atraviesa un gran criadero de aves, la granja Toshi, a la entrada hay una tranquera en la que te detienen el paso y desinfectan el vehículo.
Al llegar encontramos bonitas instalaciones de recepción hechas con piedras y cañas, incluyendo originales baños sin techo.



Nuestro guía Pablo nos acompañó en el recorrido de una hora (cuanto más temprano mejor, para no aguantar el sol, aunque afortunadamente estaba bastante nublado).
Pablo, como los demás guías de Caral, es nativo de esta zona, y ha sido capacitado por el Proyecto Especial Arqueológico Caral-Supe, dirigido por la arqueóloga peruana Ruth Shady, quien fue la principal investigadora que logró la revalorización y datación de este lugar. Nos contaba que de pequeño jugaba en estos sitios, entre colinas bajo las cuales nadie sabía que se ocultaban pirámides y templos antiquísimos.


Pudimos apreciar un anfiteatro y varias pirámides: entre ellas la pirámide mayor con su plaza circular enfrente


y la pirámide de la Huanca (Huanca es una piedra erguida con funciones ceremoniales, hay una frente a esa pirámide)
. También fogones
y grabados en piedra, entre los que se destacan motivos espirales que se han tomado para el logotipo de este lugar.


Una característica interesante de esta antigua organización social fue que la parte urbana (viviendas, templos, lugares públicos, etc) estaba en estos lugares altos y secos. La partes bajas y fértiles (el valle del Supe) estaban por su parte destinadas solamente a la agricultura. Dicen que de esta forma se prevenían contra las enfermedades y la humedad para las viviendas. En cierto momento de la recorrida se puede apreciar el contraste entre ambas zonas. Es el contraste tan marcado entre desierto y valles que vimos por toda la costa, y la gente de Caral lo supo usar en su provecho.


Aquí también se nota que se sigue trabajando en la recuperación de monumentos y hay mucho campo para los investigadores inquietos.
Después de la caminata quedamos como para usar silla de ruedas… pero pudimos prescindir de ella!


A la vuelta teníamos que volver a pasar por Huacho, de modo que aprovechamos para visitar su bonita playa
donde había instalados varios puestos de comida que competían por brindarnos sus servicios. Allí almorzamos ceviche y pescado frito.


Sin más demoras, continuamos hacia Lima, donde pese a los congestionamientos de tránsito habituales, y esta vez empeorados por obras en la ruta, llegamos con bastante tiempo para tomar el avión que salía a las 23:25. Como no habíamos conseguido pasajes de vuelta para el mismo vuelo, Ernesto y Diana se quedaron esa noche en Lima y volaron al día siguiente.
Así terminó un interesante viaje que reunió en buena combinación historia, cultura, playas y gastronomía, y un acercamiento a gente con la cual compartimos mucho de idiosincrasia sudamericana.













































    

1 comentario: