Febrero 2012
Protagonistas principales: Diana, Ernesto, Silvia y
Pachi (responsable del relato y las fotos). Otros protagonistas: Barby, el
Galgo, Emilia y Santiago.
Vehículo: La Partner de los Roig.
Diario de un viaje intenso por la Patagonia profunda, con
sus imponentes paisajes, sus bellezas, sus soledades y sus carencias. Como en
todo viaje, uno suele encontrar en determinados lugares temas que despiertan su
interés, y que motivan a interiorizarse más durante y después del viaje. En
este caso, le dedico algunos párrafos especiales, entre otros temas, a estos: los
galeses en Madryn, Magallanes en San Julián,
la “Península” entre lagos, El lago Chelenko y los mayores lagos
sudamericanos, la carretera austral chilena y las texturas patagónicas.
Mapa del viaje. Desde Coyhaique a Trevelin viajamos por la carretera austral de Chile. La ruta alternativa que aquí aparece por Argentina no la utilizamos.
PRIMER DESTINO: PUERTO MADRYN
El domingo 29 de enero madrugamos como para estar
tipo 7:30 en camino. Es que nos habíamos propuesto llegar ese mismo día a
Puerto Madryn, y son 1.240
km desde Mar del Plata. Tanto madrugamos que no estaba
abierta todavía la panadería El Trío de Batán cuando pasamos con la idea de
aprovisionarnos de las infaltables facturas para acompañar los mates en el
viaje. Así que tuvimos que hacer una escala en Tres Arroyos para obtenerlas.
Una vez cruzado el Río Colorado se entra en la Patagonia. Ya había pasado el
mediodía, y como no te dejan pasar verduras, frutas ni carnes aunque sean secas
en el control bromatológico que te hacen, compramos pan y fiambre por allí,
pero anduvimos unos cuantos kilómetros más para comerlos: lo hicimos en un
camping de Gral. Conesa, a orillas del otro gran río Patagónico: el Negro.
Luego continuamos con rumbo sur por la ruta 251 hasta San Antonio Oeste, donde
retomamos la ruta 3 llegando a Puerto Madryn todavía de día. Allí compramos
unas buenas cerezas patagónicas y nos ubicamos en el moderno departamento del
complejo Plas Hedd que teníamos reservado, a una cuadra de la playa, donde
Silvia y yo logramos tener la habitación con mejor vista hacia el molino. Luego
aprovechamos la noche agradable para pasear por la costanera
y cenar
frutos del mar en el restaurant “Mariscos del Atlántico”.
Al día siguiente aprovechamos la cercanía de la
playa para caminar por la arena y hasta mojarnos las patitas en el mar.
El
clima un poco fresco no invitaba a darse un chapuzón. A la distancia se veía
Punta Cuevas, sitio muy interesante que visitamos por la tarde, luego de
almorzar frugalmente en el departamento.
Punta Cuevas es el lugar donde llegaron el 28 de
julio de 1865 los primeros 150 colonos galeses a bordo del velero Mimosa, que
había partido de Liverpool 2 meses antes, huyendo de la opresión inglesa que
reprimía su idioma, sus costumbres y creencias religiosas. Según me contó el
administrador del complejo, descendiente de ellos, la mayoría eran mineros que
sufrían duras condiciones de trabajo, por eso decidieron largarse a semejante
aventura. Punta Cuevas se llama así
porque allí se conservan varias de las cuevas que habitaron los galeses en las
barrancas.
En esa época sólo vivían aborígenes en estas áridas tierras, y los
recién llegados entablaron buenas relaciones con ellos, a diferencia de lo que
ocurría con los españoles (ya veremos lo que ocurrió en San Julián). Por ello
se levanta allí un gran monumento al indio, emblemático de esta ciudad,
y
también se pueden apreciar inscripciones y figuras hechas con piedras que
representan elementos culturales de los habitantes originales de estos
lugares. Hay una placa con los nombres
de los pasajeros del Mimosa y un museo alusivo, que estaba cerrado. Luego de
tomar una cervecita por el centro y de caminar el largo muelle Piedrabuena,
terminamos cenando en Los Colonos.
PUNTA TOMBO Y SAN JULIAN
Al día siguiente, martes, teníamos previsto otro
largo tramo de 868 km
hasta Puerto San Julián, previa visita a Punta Tombo, la colonia continental de
pingüinos de Magallanes más grande del mundo.
Recorriendo unos 170
km por la ruta 3, se llega al acceso en parte
pavimentado hasta esta reserva provincial sorprendentemente muy bien
acondicionada para las visitas, teniendo en cuenta que está en medio de la
nada: pasarelas, sanitarios, centro de interpretación,
y una confitería
todavía no habilitada. Una contra es la zona de llegada y estacionamiento: pareciera
que hubieran elegido el lugar más ventoso.
Recorriendo la pingüinera no se
sentía tanto el viento. Dicen que en
esos momentos había más de 400.000 pingüinos en el lugar.
De hecho se ven por
todas partes, incluso en los senderos, donde tienen “prioridad de paso”.
En esta época los pichones ya han salido de
sus nidos y tienen un tamaño y aspecto bastante parecido al de sus madres, y a
las que se las ve acosar ruidosamente para que les den alimento “pico a pico”.
Si uno viniera en otra época del año, vería otras etapas de su ciclo de vida:
en setiembre la llegada de los machos, en octubre la puesta de huevos, en
noviembre los primeros nacimientos. Entre abril y agosto los pingüinos están en
el mar, navegando hasta el sur de Brasil mientras se alimentan. O sea, estos
pingüinos no llegan nunca a la
Antártida.
Mientras regresábamos a la ruta 3 nos cruzamos con
una importante manada de guanacos.
En esta etapa se recorre la desolada estepa
patagónica y hay pocos lugares donde cargar combustible. Sucedía que en todo
el país había problemas de abastecimiento, y al llegar a Garayalde, donde no
hay casi nada más que la estación de servicio del ACA, los surtidores estaban
vacíos.
Gran problema gran, pues había que llegar hasta Comodoro Rivadavia
(próximo surtidor disponible) unos 200 kilómetros más
adelante, y muy probablemente no nos alcanzaría el gasoil. Son cosas que hay que tener en cuenta en la Patagonia. Como nos dijeron que
a lo mejor llegaba un camión con el preciado líquido, esperamos unas 2 horas
(frugal almuerzo de sandwiches incluído), pero al ver que nada ocurría
decidimos encomendarnos a la Cucalaucha y jugarnos a llegar. Afortunadamente Su Graciosa
Divinidad cumplió y con la luz de emergencia de combustible prendida durante
muchos kilómetros alcanzamos a llegar a Comodoro, donde el tanque de la Partner casi seco recibió
nada menos que 58 litros
de combustible!
De Comodoro Rivadavia hasta unos kilómetros después
de Caleta Olivia se recorre el más bonito paisaje costero patagónico, con
grandes vistas al océano desde diferentes alturas.
Las peripecias del viaje nos hicieron llegar tarde
a San Julián. Al llegar al Hotel Ocean que teníamos reservado nos encontramos
conque un corte de luz general afectaba a la población.
Así que, día problemático: sin gasoil en el camino
y sin luz al llegar.
Fuimos a comer al restaurant D’Angela (a la vuelta)
a la luz de las velas hasta que en medio de la agradable cena volvió la luz.
RUMBO A EL CALAFATE
Al día siguiente, temprano, antes de emprender
viaje rumbo a El Calafate, recorrimos un poco San Julián,
bonita población con típicas casas de chapa.
En la costa han instalado
una réplica de la Nao Victoria, que funciona como museo.

La nao (nave más importante que una carabela) fue
una de las 5 embarcaciones con las que Magallanes pretendió dar la primera
vuelta al mundo, y la única que lo consiguió, aunque al final comandada por
Elcano, pues Magallanes fue asesinado en las Filipinas. El asunto es que las
naves recalaron en esta bahía de San Julián el 31 de marzo de 1520, y habiendo
dedidido pasar las inclemencias del invierno en ese resguardado lugar, lo
primero que hicieron fue, al día siguiente, una misa, la primera celebrada en
territorio argentino. Las invocaciones a las divinidades cristianas no fueron
favorables, pues en los días sucesivos se desató un terrible motín entre la
tripulación (cansada de que no se encontraba el paso hacia el Pacífico) que fue
duramente reprimido por Magallanes: ahí nomás hizo apuñalar, decapitar y
ahorcar cristianamente a varios de los sublevados. De modo que inmediatamente
después de la primera misa, ocurrió también en San Julián la primera matanza de
la historia argentina. Allí también, Magallanes nombró a los aborígenes
“patagones” por lo cual se promociona a San Julián como “el origen del mito
patagónico”, y también, mostrando la hilacha del tratamiento que los españoles
iban a dar a los nativos, y aprovechándose de su comportamiento amigable,
decidió secuestrar a varios de ellos para llevarlos de trofeo a España. Pero
los “trofeos” no aguantaron y murieron.
En un pintoresco almacén compramos nuevamente
cerezas (provenientes de Los Antiguos, futuro destino nuestro y capital de esta
fruta) y continuamos viaje,
pasando a los 70 kilómetros por un
sitio extraordinario: el Gran Bajo de San Julián, que es ni más ni menos que la
depresión más grande de toda América (105 metros bajo el nivel
del mar). Ahí tomé conciencia de que Argentina tiene el privilegio de tener no
sólo el lugar más alto de América (el Aconcagua) sino también el más bajo. El
lugar puede apreciarse desde un mirador en la ruta.
Así que si hablamos de “Patagonia profunda”, ahí la
teníamos delante nuestro.
Al mediodía llegamos a un verdadero oasis patagónico,
en el que habíamos acampado Silvia y yo con los chicos en 1995: la
Isla Pavón, en el río Santa Cruz.
La ruta 3 atraviesa la isla, por lo que se
baja directamente de la ruta. Nos permitieron visitar el lugar sin costo
alguno: cuenta con un camping forestado con cerezos,
un pequeño zoológico,
un criadero de truchas que visitamos
y una bonita costanera sobre este río que trae las aguas del lago
Argentino, frías si las hay, puesto que provienen del glaciar Perito Moreno
que visitaríamos un par de días después.
Hay buenas instalaciones para realizar un pic-nic, cosa que
aprovechamos.
Al dejar la ruta 3 en Güer Aike para tomar la ruta
5 en lugar de seguir hasta Río Gallegos, alcanzamos el punto más austral de
nuestro viaje, y encaramos hacia el noroeste en dirección a la cordillera de
Los Andes y a El Calafate. En El Cerrito esta ruta empalma con la “mítica”
(está de moda llamarla así) ruta 40, que se abandona 30 kilómetros antes
de llegar a destino, por la ruta provincial 11.
Poco antes de llegar un mirador permite apreciar el extremo este del
Lago Argentino y el nacimiento del río Santa Cruz en ese extremo.
Llegamos a El Calafate aún de día, y una vez instalados
en el hotel Rincón del Calafate (muy acogedor y con buenos precios), fuimos a
visitar a Barby, Galgo y Emilia (hija, yerno y nieta de Ernesto y Diana), con los cuales cumplimos
nuestro propósito de cenar cordero patagónico en el bonito restaurant “Don Pichón", con vista al
lago.
EL GLACIAR PERITO MORENO
La mañana del jueves paseamos un poco por la
ciudad, visitando a Barby en su bonito local “Muuucho amor”,y luego nos
largamos a visitar el famoso glaciar Perito Moreno, una de las 77 maravillas naturales
del mundo, según lo votado mundialmente en el concurso que finalmente puso a
las Cataratas del Iguazú entre las 7 primeras.
El glaciar se encuentra a 78 kilómetros de El
Calafate. Los protagonistas principales de este viaje fuimos en la Partner de Ernesto y Barby
fue en la suya, levantando en el camino a dos jóvenes turistas chilenos. El
camino va bordeando el Lago Argentino y se empiezan a ver las cumbres nevadas
El glaciar se hace desear para ser visto, y cuando ello ocurre brotan los
suspiros de admiración, por eso allí está
el “Mirador de los suspiros”. En ese
lugar me ofrecí a sacarle una foto a los chicos chilenos, Juan Pablo “el Rata”
y su amigo, pues ellos no habían llevado cámara, y a la vuelta se las mandé por
mail.
Ya en el sector de las pasarelas, hicimos picnic
con vista al glaciar
y luego nos subimos al pequeño óminbus que te sube al
sector superior, donde hay buenas instalaciones (sanitarios y demás) para los
visitantes.
Así empezamos a recorrer (de arriba hacia abajo)
las pasarelas, que están mucho mejor que cuando estuvimos la vez anterior, hace
17 años. El glaciar ofrece imponentes vistas desde todos los ángulos.
Actualmente el glaciar represa el brazo Rico del
lago Argentino al apoyarse sobre la península Magallanes
haciendo que el
nivel del agua en ese brazo sea 7 metros superior al del resto del lago. Llega
un momento en que la presión del agua produce la ruptura de esa represa de
hielo, pero este fenómeno de gran espectacularidad se da a intervalos muy
irregulares (entre 2 y 16 años). La última ruptura fue en julio de 2008. (Luego
de escribir esto, tengo que corregirlo, pues el miércoles 1º de marzo, menos de
un mes después de nuestra visita, el glaciar comenzó el proceso de ruptura, que
se completó en la madrugada del domingo 4.)
Mientras tanto, uno puede ver a cada momento
derrumbarse grandes placas de hielo, aunque esta tarde el glaciar tuvo una
“floja performance”, pues no alcanzamos a ver desprendimientos.
A la vuelta transitamos tranquilos senderos de
tierra hasta el Lago Roca, donde hay un lindo camping en el que acampó la
familia Gorricho en la visita antes mencionada.
En el camino se podía ver a lo lejos parte del glaciar. En uno de los
senderos encontramos un monumento a los caídos en la revuelta de 1920, conocida
como “Patagonia Rebelde”, tema del libro de Osvaldo Bayer que luego fue una
gran película de Héctor Olivera.
A la noche, aceptamos la invitación hecha por los
chicos de cenar en su casa: exquisitas fugazzettas y empanadas hechas por el
Galgo.
Al día siguiente teníamos reservado turno para la
caminata por el glaciar. Una experiencia magnífica:
te llevan en un barquito hacia un costado del glaciar que da al brazo Rico
(opuesto a donde están las pasarelas).
Allí te equipan con unos
"grampones" (plataformas de hierro que se atan a las zapatillas y
cuentan con una especie de garras para adherirse al hielo) y te van llevando
por sobre el glaciar, que es una superficie totalmente irregular,
llena de subidas, bajadas, cursos de
agua, profundas grietas y orificios,
conformando un espectáculo inigualable. Nos vino muy bien (a nosotros y también
a algunos catalanes compañeros de excursión) una tapita de termo que llevamos y
con la cual juntábamos agua de la que corría por el glaciar para sofocar la sed,
pues la caminata es cansadora y el
tiempo era soleado, gracias a la
Cucalaucha.
Al terminar la caminata nos
convidaron un whisky enfriado con hielo del mismo glaciar,
y almorzamos en el
refugio, esta vez en lugar de sandwiches, las fugazettas que sobraron de
anoche.
Luego volvimos a las pasarelas, donde
revoloteaban coloridos comesebos
a seguir contemplando el magnífico
espectáculo de las paredes de hielo, de las que cada tanto se desprenden
bloques que caen el lago con gran estruendo.
Esta vez la perfomance del glaciar
fue buena.
Al otro día (sábado) era el cumpleaños Nº
2 de la pequeña Emilia. Por la mañana hicimos pequeños paseos por el pueblo y a
la tarde una corta visita a la laguna Nimez, pequeña reserva municipal.
Con una caminata de una hora alrededor de la
laguna se pueden observar gran cantidad de aves (diversos patos, cauquenes,
bandurrias, cisnes, etc) que resisten los vendavales típicos del lugar.
A la tarde-noche, la gran fiestita de
cumpleaños en el Club Andino, frente al lago.
Cuando estaba por terminar,
ocurrió un espectacular vuelco en la costanera justo frente al Club.
Afortunadamente al pibe que manejaba no le paso nada, pero al auto nuevito de
papá…
POR
LA PENINSULA RUMBO
AL CHALTEN
“La Península”: así llaman al extenso territorio de 5.000 km2 delimitado al
norte por el lago Viedma, al sur por el lago Argentino, al oeste por la Cordillera de los Andes
y al este por el caudaloso río La
Leona, que une ambos lagos. Es decir, un territorio
totalmente aislado del resto de la
Patagonia hasta 1974, año en que se construyó el puente sobre
el río. El domingo salimos temprano rumbo a El Chaltén y al cruzar el río Santa Cruz recién nacido del Lago
Argentino, empezamos a transitar por la Península, siguiendo el curso del río La
Leona. En el camino las montañas
presentaban escasas líneas de vegetación que a la distancia parecían formar
letras.
Antes de llegar al lago Viedma se encuentra un sitio imperdible: el
hotel de campo La Leona,
donde paramos a tomar un café.
Según explica un interesante folleto ofrecido
en el lugar, es un establecimiento construido a fines del siglo XIX para dar
alojamiento a los pobladores de la
Península que debían cruzar sus rebaños de ovejas de la única
forma posible en ese entonces: mediante una balsa. En el sitio elegido para la
construcción, el perito Francisco Moreno había sido atacado en 1877 por una
leona, lo cual dio origen al nombre del río.
“Las largas esperas para cruzar
el río, la aglomeración de peones rurales y el exceso de alcohol produjeron gran
cantidad de riñas, que en aquel entonces eran dirimidas mediante duelos
criollos que a menudo terminaban con la vida de uno o más de los
contrincantes”, explica el impreso. También resulta curioso observar en el bar
estilo pulperia, varias fotos del famoso bandido norteamericano Butch Cassidy.
Resulta que este personaje estuvo parando tranquilamente varios días en el
lugar, en 1905, luego de haber asaltado un banco en Río Gallegos y antes de
huir a Chile. Como ese era el único establecimiento y vínculo de la Península con el resto
del país, también recalaron por allí el padre D’Agostini, los grandes
escaladores Lionnel Terray y Casimiro Ferrari, y hasta se usó de lugar de
detención y fusilamiento de los huelguistas durante la represión de la Patagonia Rebelde,
en 1921. O sea, un lugar para sentir de cerca la historia patagónica.
El viaje hasta El Chaltén era corto: 216 km. Así que llegamos
pasado el mediodía, a tiempo para encontrarnos con Barby, el Galgo, Emilia y
Santiago, sobrino de Diana que había viajado para el cumple de la pequeña; se habían prendido a acompañarnos en este
tramo viajando con la otra Partner. Además, trajeron sandwiches y otros
comestibles que sobraron de la fiesta, lo que nos sirvió de buen almuerzo en la
cabaña Cerro Torre que habíamos reservado, y desde donde podíamos divisar el
famoso cerro Fitz Roy, aunque esporádicamente debido al clima nublado y
lloviznoso.
Por la tarde nos largamos a visitar la
famosa Laguna del Desierto, escenario de antiguas disputas fronterizas con los
chilenos, a 37 km.
De pasada, visitamos el pintoresco Chorrillo del Salto
(aquí se los ve
divirtiéndose a Barby y Santiago), tras una corta caminata.
El camino a la laguna es muy bonito ,
siguiendo el Río de las Vueltas, que por algo tiene ese nombre, entre espesos
bosques. Al llegar trepamos al mirador
natural (cero instalaciones), donde acomodándonos como podíamos en el
escaso espacio nos tomamos unos mates
mientras
mirábamos (con prismáticos) los movimientos de una pareja de cóndores que se
posaron en un inaccesible promontorio en lo alto de la montaña vecina. También
aprovechamos Santiago y yo para sacarnos una “foto cuerva” en tan emblemático
lugar.
Por la noche cenamos en un restaurant de
las inmediaciones de este pequeño y prolijo pueblo, “el más joven de
Argentina”, ya que fue fundado en 1985 para marcar presencia argentina en estos
lugares fronterizos. Tenía 41 habitantes en 1991 y 324 en 2001, Ahora se nota
un sólido crecimiento (ya son casi 1000 habitantes) y un fuerte turismo
internacional.
Al acostarme puse el despertador a las 6
de la mañana por si las condiciones climáticas permitían ver el Fitz Roy
iluminado por los primeros rayos del sol. Dicen que es un maravilloso color naranja
el que ofrece a la vista (las pocas veces que se puede ver). Pero no, el cielo
estaba totalmente nublado. Al día siguiente lo volví a intentar con el mismo
lamentable resultado. Quedará para otra vez.
Ya siendo lunes por la mañana el grupo
completo nos largamos a hacer el treking Laguna Capri, pues desde allí se tiene
una inmejorable vista al Fitz Roy. La trepada es brava por momentos, aunque muy
apreciada por turistas de todas las nacionalidades con los que coincidimos en
la actividad. En cierto momento se llega a un bonito mirador hacia el valle del
Río de las Vueltas.
Pero cuando faltaba
el último envión y la puntita del Fitz Roy ya se asomaba en la lejanía,
empecé
a sentir un fuerte dolor en el abdomen, del lado derecho. Esa fue la última
foto que pude sacar de esta excursión, ya que al ver que no se me pasaba
descansando, tuve que emprender el descenso acompañado de Silvia, Barby, el
Galgo y Emilia. El resto de la
expedición pudo llegar y tener buenas
vistas debido a la mejora del clima.
Galgo nos llevó a a la salita de salud del
pueblo y ahí pude comprobar el excelente servicio que brindan, ya que
inmediatamente me hicieron un electrocardigrama, análisis de orina, revisación
general y llegaron a la conclusión de que padecía un cólico renal. Me
canalizaron, me pusieron suero y un calmante, lo cual me alivió rápidamente el
dolor. Aparentemente la causa del problema fue no haberme hidratado lo
suficiente en un clima tan seco. Así que a la tarde me dediqué al reposo
(sentía bastante cansancio y además pesadez estomacal)… y a tomar agua, y mis
compañeros de aventuras se quedaron también en la cabaña jugando al truco.
Por
la noche se despidieron y pegaron la vuelta al Calafate nuestros jóvenes
acompañantes en este tramo.
CUEVA
DE LAS MANOS Y LOS ANTIGUOS
Al día siguiente, ya mejorado (los
dolores me volvieron atenuados dos o tres veces, pero se me pasaron con unas
pastillitas calmantes) emprendimos viaje rumbo a Los Antiguos (642 km al norte), plataforma
para nuestro previsto cruce a Chile.
Había que volver hacia la ruta 40 y darle para arriba. Esta vez había
muchos kilómetros de ripio. Al pasar junto al Lago Cardiel se ve una curiosa
“pirámide” delante.
Luego, viento, polvareda y el ripio que nos destrozó
por primera vez una cubierta.
En Bajo Caracoles comimos unos sandwiches y
encaramos hacia la Cueva
de las Manos, junto al Río Pinturas, declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad. Allí,
provistos de cascos ante la eventualidad de que se desprendan cascotes por el
fuerte viento, visitamos esas sagradas paredes con pinturas de entre 3 y 9 mil
años de antigüedad.
No solamente son manos.en positivo y negativo, sino
también figuras humanas, de animales y geométricas.
También es muy bonito el
lugar donde se encuentra el sitio, una profunda quebrada.
Ya de noche, intentamos obtener
alojamiento en Perito Moreno, ya que no habíamos reservado como en los sitios anteriores, pero no había
lugar. En uno de los hoteles nos conectaron telefónicamente con la hostería
Antigua Patagonia, de Los Antiguos, y hacia allí (60 km más) nos dirigimos.
Resultó estar a la entrada de la población, en la orilla del lago, con una
hermosa vista.
El lago Chelenko (nombre original
tehuelche, que significa “aguas turbulentas”) ha sido bautizado Buenos Aires
del lado argentino y Gral. Carrera del lado chileno. Yo opino que por simplicidad
y por respeto a los habitantes originarios de estas tierras, se debería
utilizar el nombre indígena. De hecho, muchos lo están haciendo actualmente. La
extensión total de este lago es de 1.850 km2, el más grande de la Patagonia.

Es
curioso que tanto en Chile como en la Argentina, en diversas publicaciones y folletos
se lo menciona como “el segundo en Sudamérica por su extensión”. Sin embargo,
por los datos que pude recabar, el ranking de lagos sudamericanos es el
siguiente: 1º) Maracaibo (Venezuela): 13820 km2; 2º) de los Patos (Brasil):
10144 km2, que visitamos en nuestro viaje a las Sierras Gauchas en 2009;
3º) Titicaca (Bolivia/Perú): 8562 km2;
4º) Mar Chiquita (Córdoba, Argentina) 6.000 km2; 5º) Poopó (Bolivia) 2337 km2 y
recién 6º) el Chelenko, con 1850 km2. Si se objeta que los dos primeros de la
lista no serían propiamente lagos, pues ambos están conectados al mar (el
asunto está en discusion) y el brasilero es propiamente una albufera, el
Chelenko solo ascendería al 4º lugar.
EL
LAGO CHELENKO EN CHILE
Al margen de su extensión, el Chelenko es
un lago cuya belleza pudimos apreciar especialmente del lado chileno. Sólo 11 km separan a Los Antiguos
de la frontera. Allí, tras un trámite que resultó breve, llegamos rápidamente a
la primera localidad chilena: Chile Chico, donde nos aprovisionamos para el
almuerzo en un supermercado. Inmediatamente comenzamos a transitar los duros
caminos de ripio chilenos, en este caso la ruta 265 bordeando el lago
Chelenko. El primer mirador es hacia la
laguna Verde, una geografía atormentada, lo más distinto a la pampa argentina
que se puede imaginar.
Luego empiezan las maravillosas vistas hacia el lago Chelenko,
con un fondo espectacular de montañas arboladas con cumbres nevadas.
Al llegar a Puerto Bertrand, extremo sur del
lago, hicimos un alto.
Allí accedimos a la Carretera Austral
y enseguida pudimos apreciar en conjunto al lago Bertrand y al Chelenko atrás.
El camino continúa hacia el sur siguiendo ahora el curso del río Baker, cuya
confluencia con el río Nef se podía ver haciendo una caminata bastante
cansadora
o también desde la ruta.
Llegamos a Cochrane con tiempo como para
conseguir alojamiento, pero esto no fue tan sencillo: había poca oferta, de
baja calidad y todo ocupado. Al fin conseguimos un precario hospedaje, dos
pequeñas habitaciones con baño compartido.
Paseamos un poco por este pequeño pueblo
en cuya plaza hay un monumento al huemul (dice ser “el último refugio” de este animal, aunque no vimos ninguno)
y muy
curiosamente para nosotros un monumento al mate.
Es que en esta zona sureña
el mate es habitual, y ya tuvimos una primera prueba de ello cuando los
aduaneros que nos atendieron en la frontera estaban disfrutando de esta criolla
infusión. .
La que estuvo buena fue la cena enfrente
del alojamiento (uno de los pocos lugares disponibles). Allí nos enteramos por
el televisor de la triste noticia de la muerte del Flaco Spinetta.
Este fue el punto más austral visitado en
Chile. La idea inicial era seguir más al sur hasta Caleta Tortel, pero no nos
daban los tiempos ni el estado de los caminos invitaba a hacer más kilómetros. De
modo que continuamos por la Carretera Austral, pero con rumbo norte.
La Carretera Austral (que lamentablemente lleva aún el nombre de General Pinochet, que aunque no se
use está presente en algún cartel) fue construida en épocas de este feroz
dictador, más que nada con la finalidad de trasladar pertrechos militares ante
la escalada belicista con Argentina. Será por eso que parece más apta para
andar con vehículos con oruga que con ruedas (exagerando un poco). Fue una de
las obras más costosas y ambiciosas del siglo XX en Chile, por las dificultades
técnicas que presentaba su trazado ante la irregularidad del terreno dominado
por los Andes, islas, lagos, fiordos y campos de hielo. Pinochet puso a trabajar en esta obra a 10.000
soldados.
Llegando nuevamente al lago Chelenko,
esta vez lo bordeamos por el lado occidental. Volvieron los grandes paisajes
y al llegar a Puerto Tranquilo paramos para hacer una excursión recomendada:
las Catedrales de Mármol. Te llevan en un botecito por el lago hasta unos
afloramientos de mármol cercanos a la costa, que por sus formas caprichosas
sugieren templos con sus bóvedas y columnas.
El paseo permite un muy cercano
contacto con estas formaciones: el botecito se mete en los recovecos y uno
puede disfrutar la vista y el tacto del noble material.
Luego volvimos al pueblo a comprar
algunos alimentos para el almuerzo
y
continuamos por el duro camino que nos costó la rotura de otra rueda. Menos mal
que previsoramente Ernesto había llevado 2 auxilios. Estábamos advertidos de
que en Cerro Castillo comenzaba el asfalto, pero ese lugar parecía no llegar
nunca. Cuando llegamos, nos encontramos con la sorpresa de que en esa
población, y justo donde empezaba el asfalto, un piquete que protestaba por la
falta de viviendas cortaba la ruta!
Luego de esperar una media hora mirando
el cerro Castillo
nos permitieron pasar y con el alivio del camino asfaltado
atravesamos lindas zonas arboladas
hasta llegar a Coyhaique, la principal
población de la región, donde pudimos conseguir un amplio departamento para
pernoctar, nos pusimos en campaña para reponer las 2 cubiertas destruidas y
cenamos en la pizzería “Mamma gaucha”.
DE
COYHAIQUE A TREVELIN
A la mañana temprano nos pusieron las 2
gomas y continuamos hacia el norte por la nuevamente dura carretera austral, ya
que el asfalto terminó al salir de Coyhaique y el ripio apareció peor que
nunca. Al llegar al río Mañihuales
cometimos una distracción (el GPS estaba sin sonido) y seguimos de largo hacia
Puerto Aysen cuando había que doblar a la derecha. Pegamos la vuelta, y por Villa Amengual
paramos en el mirador del río Cisnes, con buenas panorámicas.
El camino se
tornaba cada vez más deficiente, y el clima más humedo. Abundaban las grandes
hojas de las nalcas por los costados.
De pronto el camino empezó a bordear
una gran extensión de agua. Esta vez no era un lago sino el mismísimo Oceano
Pacífico, penetrando profundamente en el continente mediante el llamado “brazo
Puyuhuapi”.
En el extremo norte de
este brazo se encuentra justamente la localidad llamada Puyuhuapi, donde
paramos a cargar combustible y descargar vejigas.
En villa Santa Lucía
abandonamos definitivamente la carretera austral para tomar la 235, igual de
mala, hasta llegar a Futaleufú y la frontera. Hechos los trámites
correspondientes, reingresamos a nuestro país y recalamos en Trevelín, donde
conseguimos buen alojamiento en la hostería Estefanía, cenando (como
correspondía por ser viernes) en una parrilla, llamada Oregón.
ULTIMOS
TRAMOS
Estábamos a 1.720 km de Mar del Plata
y sólo teníamos el sábado y domingo para llegar. Hubo que meterle pata. Hicimos
un alto en El Bolsón, donde recorrimos la gran feria de artesanos.
Luego una
paradita en el mirador del río Limay
y
un poco más adelante un picnic a sus orillas.
Pernoctamos en el Hotel Cipolletti, de esa ciudad. En Cochrane nos habíamos enterado de la muerte de Spinetta; aquí nos enteramos de la muerte de otra cantante famosa: Withney Houston.
Al día siguiente el tramo final sin
novedad hasta Mar del Plata, adonde llegamos antes del anochecer, lamentando
que al día siguiente todos debíamos retomar nuestros trabajos habituales.
LAS
TEXTURAS DE LA PATAGONIA
Antes de finalizar, quiero deslizar un
comentario sobre este tema. Uno disfruta de los viajes más que nada con la
vista: los paisajes, los monumentos, las construcciones, la fauna y la flora.
Un poco también con el oído: el canto de los pájaros, el murmullo de los ríos,
el estruendo de los bloques de hielo que se desprenden del glaciar. El olfato y
el gusto se complacen con los sabores de las comidas y las bebidas típicas, y
con algún fruto del lugar, como en nuestro caso el modesto michay o calafate
cordillerano que probamos en nuestro viaje a Neuquén y quizás
cumpliéndose la profecía volvimos a los Andes donde por supuesto lo volvimos a
juntar de su mata para comerlo y continuar apostando a una futura vuelta.
Pero el tacto es quizás, de los cinco, el
sentido que menos se ejercita en los viajes. Y sin embargo, es útil ponerlo en
acción para disfrutar una apreciación sensorial completa. Por empezar, al
juntar calafates se puede sentir una desagradable sensación al pincharse con
las espinas de la planta: hay que tener cuidado. También mediante el tacto se
sufre el persistente viento patagónico. Pero otras sensaciones táctiles son más
agradables y seguro quedarán guardadas en la memoria del que las experimenta:
la suave dureza del mármol en las “catedrales” del lago Chelenko; el frío de
los cristales de hielo del glaciar; y de las aguas de los lagos son algunas de
estas sensaciones. Otras, menos habituales pero que recomiendo es la sensación
táctil que dan diversas plantas lugareñas. En especial, uno no puede dejar de
recomendar comprobar la suavidad extrema de las ramas oscuras de la lenga,
árbol o arbusto típico de los bosques cordilleranos. Diana, que se interesó en
la cuestión, pudo comprobarlo y quiso dejar registro fotográfico de un
esbelto ejemplar destacado en las pasarelas del glaciar.

Una sorpresa
agradable, pues uno espera encontrar sólo agresivas y rústicas plantas
espìnosas en estos lugares y no esta amigable especie que da gusto acariciar
con toda confianza. Contrariamente, el aspecto de las grandes hojas de las
nalcas contrasta con la sensación al tocarlas: son rígidas, acartonadas y
ásperas.
NOTA: Esta nota fue reconstruida en junio 2020 (trabajo de cuarentena), ya que el sitio donde se encontraba (pachig.blogspot.es) desapareció al extinguirse el servidor.