16 al 27 de setiembre 2022
Protagonistas. Silvia y Pachi, en el
Toyota Etios 2021
Un recorrido en varias etapas por el
litoral-mesopotamia-nordeste argentino-guaraní, con ejes en las cataratas del
Iguazú, en guaraní “aguas grandes” (una reiterada visita a esta maravilla
mundial) y los esteros del Iberá ,“aguas brillantes”, que no conocíamos.
Como se verá en el relato, algunos temas
despertaron mi interés. Destaco, por orden de aparición:
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La isla del puerto en Concepción
del Uruguay
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Las termas de agua salada
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El yaguareté
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La consideración que se le
tiene en esa región a la cultura guaraní, muy distinta a la que tenemos en el
sur con la cultura mapuche.
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Los grandes palmerales del
río Paraguay.
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Las costaneras de Corrientes
y Posadas.
LA ISLA DEL PUERTO Y LAS TERMAS SALADAS
Salimos desde el departamento de mi hijo
Martín en Buenos Aires, ya que habíamos ido a presenciar la entrega de los
premios Konex el martes 13, en la que Martín había sido galardonado con el premio
Konex en diseño gráfico.
Después de 300 kilómetros, llegamos por la tarde a Concepción del Uruguay, “capital histórica de la provincia de Entre Ríos”, instalándonos en el departamento “Los Hermanos”, agradable y en una zona tranquila. La amable dueña nos recomendó que visitáramos la isla del puerto, y allá fuimos, encontrándonos con la primera grata sorpresa del viaje. Se trata de una isla alargada, de 5 kilómetros, en el río Uruguay, separada 200 metros de la costa por el riacho Itapé, que recientemente se ha integrado como atractivo turístico a la ciudad. Para ello hicieron un gran puente que la conecta,
y una ruta de 3 kilómetros que la recorre, dando acceso a la frondosa vegetación del litoral y a hermosas playas con excelentes instalaciones: parques, veredas, barandas, bancos, sanitarios, gastronomía, iluminación.
Nos gustó tanto que volvimos a la noche para verla iluminada.
También intentamos visitar el museo casa
de Delio Panizza, la edificación más antigua de la ciudad, donde habitó Pancho
Ramírez, “el supremo entrerriano” y su sobrino Ricardo López Jordán. Faltaba
media hora para que cerrara, pero no nos dejaron entrar argumentando que era
con visita guiada y ésta duraba más. Dejamos una queja por escrito en la
Dirección de Turismo.
Luego visitamos la plaza Ramírez, el
Colegio del Uruguay, fundado por Justo José de Urquiza, primero laico del país,
y la basílica Inmaculada Concepción con el mausoleo de Urquiza.
Al día siguiente salimos rumbo a Curuzú Cuatiá, pero habiendo planificado que antes pasaríamos la mañana en las termas de Concepción, que están en el camino (ruta 14) a 10 kilómetros de la ciudad.
Se trata de una terma de agua salada, con
lo cual surge la pregunta: de dónde sale tanta agua salada? No está muy claro.
Se suponía que el agua de las termas en esa zona proviene del famoso Acuífero
Guaraní, pero éste es una gran reserva mundial de agua dulce, no salada.
Buscando en Internet, me encontré con serios cuestionamientos a las termas,
especialmente a las de agua salada. Uno de ellos es del diario digital “Chajarí al día” donde se plantea que
hay 17 emprendimientos termales en Entre Ríos, y están en marcha algunos más.
Solamente entre Federación y Chajarí sacan a la superficie casi 800 mil litros
de agua caliente por hora. Esas aguas que estaban bajo tierra van a agregarse
al ciclo hidrológico por medio de los ríos, alterando la ecología de éstos. Qué
pasa si además de caliente el agua es salada? Se altera aún más la ecología de
los ríos y se corre el riesgo de contaminar con sal el mismísimo Acuífero
Guaraní. Estos son los cuestionamientos que hace esa nota. Por supuesto los
intereses económico-turísticos que están a favor de las termas son muy fuertes
como para que esto trascienda.
Mientras tanto nosotros nos unimos a los visitantes que disfrutan del agua calentita, almorzamos unos sándwichs en sus instalaciones y luego seguimos viaje.
PALMERAS EN EL CAMINO
Es famoso el Parque Nacional El Palmar, que se encuentra entre Colón y Concordia. Pero resulta que en todo ese camino se ve multitud de palmeras.
Se trata de las palmas Yatay, aquellas que Carlos Guido y Spano le inventó ramas: “llora, llora urutaú, en las ramas del yatay”. No tiene ramas, sino hojas alargadas, a diferencia de la palma Caranday, que veríamos más adelante siguiendo el curso del río Paraguay, que tiene hojas “tìpicas de las palmeras”, como dice Wikipedia, es decir, parecidas a la palma de una mano.
A los 225 kilómetros cruzamos el río Mocoretá entrando en la provincia de Corrientes, y 100 kilómetros después arribamos al hotel Tres Coronas, en Curuzú Cuatiá, contratado como los otros por Internet. Posiblemente hubiéramos dudado en contratarlo si hubiéramos visto dónde estaba ubicado. Esta es la vista desde la habitación.
Pero bueno, es un hotel nuevito, bien atendido y, lejos, el más económico del viaje.
No hay mucho para ver en esta ciudad.
Muchos cuarteles, muchas imágenes religiosas, cañones en la plaza.
Cenamos comida delivery en el hotel.
NATURALEZA EN SU ESPLENDOR
Al día siguiente (domingo 18) salimos rumbo a los Esteros del Iberá, distantes 200 kilómetros, de los cuales los últimos 80 son de tierra. Unos 50 kilómetros antes de llegar se empiezan a bordear los esteros, y ya aparecen ciervos, carpinchos y otros bichos.
El Parque Nacional Iberá consta de 185.000 hectáreas, y fue creado en 2018.Para llegar a la Colonia Pellegrini hay que cruzar un largo terraplén continuado por un rústico puente que atraviesa la laguna Iberá.
Nos instalamos en el hospedaje Iberá. Colonia Pellegrini es un pueblito de 900 habitantes de escasa urbanización, con lo cual el contacto con la naturaleza es permanente. A las puertas de nuestra habitación llegaban los notables celestinos (más conocidos como chogüí, por la famosa canción), algunas otras aves curiosas pendientes de identificar, y muchos tordos.
Almorzamos “torres de chenoa” en el comedor del hospedaje, y pese al mal tiempo contratamos una caminata guiada. Fuimos hasta el centro de guardaparques con el auto,
pues hay que volver a cruzar el terraplén-puente, donde vimos una serpiente enroscada sobre las piedras.
Allí pagamos la inscripción en el Parque Nacional ($ 600 cada uno, por ser jubilados) y dejamos el auto para iniciar la caminata, justo cuando empezaba a diluviar. Así que esperamos que pasara mientras visitamos el Centro de Interpretación, con diversas imágenes y mapas. Enseguida amainó la lluvia y pudimos hacer la caminata por los senderos cercanos: el carayá, con avistaje de esos monos que no son muy confiados, se mantienen en las alturas de los árboles, con lo cual no se dejan sacar buenas fotos; el cerrito-pasarela, por el borde de la laguna y el de los montes.
Pudimos ver corzuelas, ciervos, armadillos, chajás, yacarés, ipacaás.
Estas últimas se las podía ver también caminando tranquilamente por las calles del pueblo, todas de tierra.
Al día siguiente hicimos una caminata matinal por Colonia Pellegrini. Hay una corta peatonal (aunque el tránsito en todo el pueblo es mínimo), donde “el bar de las aves” les pone alimentos y así se juntan allí en cantidad y variedad, aunque parece que las cotorras copan pronto la parada.
Allí pude observar por primera vez un chinchero chico y un carpintero blanco.
Hay también una “costanera” bien arregladita, pero la costa de la laguna queda lejos.
Se puede ascender a un mirador tipo mangrullo, para ver mejor la laguna.
Después de almorzar unos sandwichs en el
comedor, nos tocó la excursión en lancha.
Así se accede a la vegetación típica de los esteros: juncales, y las floridas islas flotantes que forman los camalotes (celestes) y las amapolas de agua (amarillas).
Sobre ellas caminan las jacanas, negro-castañas, que en sus cortos vuelos muestran un llamativo amarillo-limón en sus alas.
Abundan los cardenales, pero también
vimos (aunque no tan cerca como para sacarles buenas fotos) el mimético hocó
colorado, la pollona negra, la cardenilla (una especie de cardenal sin copete),
el emblemático federal y una avecita blanquinegra que el guía identificó como
“lavandera”, parecida a su homónima europea (motacilla alba), pero se trataría de la fluvicola
pica, también llamada viudita blanca. Todas estas, aves de las que hasta
ahora no tenía registro visual concreto.
Pero las estrellas de la excursión son sin duda los yacarés, que se ven en cantidad y al estar de día tan estáticos, se los puede ver bien de cerca.
El gran naturalista (también poeta y cantor) Juan Carlos Chévez, que tiene una placa recordatoria junto a la laguna, lo hace decir: “de día soy un tronco tirado en las orillas / de noche una saeta que la luna ilumina”. En este paraíso natural conviven sin problemas con carpinchos, chajás y otros bichos.
Ahora hay también yaguaretés en el parque. Hay un Centro de Reintroducción del Yaguareté (había desaparecido en Corrientes) que informó recientemente el nacimiento de dos cachorros.
Por ahora son muy pocos y no están a la vista, pero uno se pregunta: ante la llegada de tan tremendo depredador, qué pasará con la tranquilidad de carpinchos, ciervos y corzuelas? Yo no tenía muy claro qué es un yaguareté. Hasta pensaba que era un diminutivo de “yaguar” o “jaguar”. Pues no, el nombre auténtico en guaraní es yaguareté, y significa yaguar = fiera; eté = verdadero. Es la verdadera fiera, la fiera en serio, LA fiera. Puede pesar hasta 160 kilos y sus mandíbulas son de las más potentes del reino animal. Tiene una forma especial de matar: muerde directamente los huesos temporales del cráneo entre las orejas de las presas con sus colmillos, perforándolos hasta alcanzar el cerebro. Qué vecinito se van a ligar los ciervos!
Después de la excursión fuimos al camping municipal, el mejor lugar para ver la puesta del sol en la laguna, espectáculo compartido por muchos visitantes.
A la noche cenamos en el restaurant “Destino Iberá”, frente al hospedaje. Muy recomendable.
PLAN B RUMBO A POSADAS
El plan era seguir hacia el norte por rutas 40 y 41 y empalmar con la ruta nacional 12. Hubieran sido 200 kilómetros hasta Posadas. Pero resulta que las rutas 40 y 41 son de tierra, y nos informaron los guardaparques que había un tramo bastante dificultoso luego de las lluvias de ayer. Así que el plan B fue volver hacia Mercedes 130 kilómetros, de los cuales los primeros 80 son de tierra pero más seguros. Así lo hicimos sin dificultades, retomando la ruta 14 en las inmediaciones de Paso de los Libres. Siguiendo el curso del río Uruguay (que se ve en las cercanías de Santo Tomé, así como del otro lado del río se alcanza a ver la brasilera Sao Borja), llegamos a las 17:45 a Posadas, haciendo 340 km más de lo previsto. Después de acomodarnos en el hotel, no nos quedaba mucho tiempo. Queríamos caminar hacia el centro, y la encargada nos animó a hacerlo, pero después de unas cuantas cuadras notamos que el centro no aparecía y ya se había hecho de noche. Afortunadamente encontramos una parejita (Maru y Santi) estudiantes de derecho, que muy amablemente nos sugirieron que subiéramos con ellos a un colectivo,
y nos bajamos juntos en la costanera, donde hay un gran monumento iluminado al cacique guaraní Andresito Guazurarí.
Disfrutamos de un corto paseo por esa
bella costanera, muy concurrida y con gran movida gastronómica. Luego de
construida la represa Yaciretá en 1994, el gran embalse que se formó aumentó
notablemente la anchura del Paraná en Posadas.
Maru y Santi nos recomendaron cenar una
picada en Rusty, resultando muy agradables el lugar, la vista al río y la
comida.
PUERTO IGUAZÚ: LA AVENIDA GUARANÍ
Al día siguiente, miércoles, seguimos por ruta 12 hacia Iguazú. En el camino hay varias cosas para ver: las ruinas jesuíticas de Candelaria, Santa Ana, Loreto y San Ignacio, la casa museo de Horacio Quiroga, los saltos del Tabay, la gruta india, la planta de yerba mate Cruz de Malta, las piedras de Wanda, etc. Pero pasamos de largo a todas. Muchas las habíamos visto en el viaje que hicimos con mis suegros y Martín a punto de cumplir 3 años en el lejano 1978, y además estaba lloviendo y el tránsito estaba pesadito. Así que llegamos a las 14 a “El guembe hostel house” ubicado en la avenida Guaraní. Pese a que no es una ciudad grande, la disposición irregular de sus calles nos hacía complicado llegar al hostel, y eso nos hacía extrañar más que de costumbre a Ernesto, compañero de tantos viajes que nos dejó en marzo, y que tan bien se sabía orientar.
“Guembe” es el nombre del filodendro en guaraní, y sumado al nombre de la avenida me hizo pensar en la importancia que se le da en estas regiones a ese pueblo originario. Se sienten orgullosos de su pasado guaraní.
El idioma guaraní es oficial junto con el
castellano en Paraguay y en Corrientes. Los guaraníes con su idioma
homogeneizaron un enorme territorio que abarca Paraguay, el nordeste argentino,
este de Bolivia y sur de Brasil. En Sudamérica es una de las tres áreas
culturales dominantes. Las otras dos son la quechua-incaica en el noroeste y la
mapuche en el sur. Pero los mapuches, siendo una cultura de desarrollo similar
a la guaraní, no tienen ni de lejos ese reconocimiento en nuestras regiones
sureñas. Ni los guaraníes ni los mapuches construyeron pirámides ni grandes templos. Ambos fueron pueblos guerreros, ambos impusieron su idioma y sus
costumbres en grandes territorios. Pero en Mar del Plata, ubicada en territorio
que fue más de 200 años parte del Puelmapu (territorio mapuche del este) no hay
una “avenida Mapuche”. Más bien se los ignora, o se les aplica el mote de
“salvajes invasores chilenos”. Se ningunea su cultura, sus ceremonias, sus
rituales, sus aportes a la liturgia gauchesca, como el mismísimo poncho, con su “guarda pampa”, la bota
de potro, para no mencionar a las boleadoras cuya etnia de origen no está muy clara. Me
resultó llamativo ese distinto tratamiento a pueblos originarios tan similares.
En Mar del Plata cada jesuita que pasó
por la Reducción del Pilar tiene su calle: Falkner, Strobel, Rejón y Cardiel.
Pero el cacique Cangapol, soberano del Puelmapu que los autorizó a instalarse en 1746,
tiene apenas una callecita de dos cuadras en el Bosque Peralta Ramos. Y el caminito de tierra que une la sierra con la laguna de los padres, que ni un cartelito tiene. Calfucurá, el
emperador de las pampas, ni eso. El rescate de ese pasado puede venir de parte
de la gente, que le está poniendo nombres mapuches a sus hijos (Aylen, Maylen, Ayelen,
Nahuel, Nehuen, etc) y a sus negocios. Por ejemplo, en la puerta del Abra (el Vulcaan, lugar
emblemático) funciona la casa de té Millantue, que significa “tierra dorada”.
Volviendo al viaje, esa tarde la dedicamos a dar una vuelta por la ciudad, deteniéndonos especialmente en el “hito tres fronteras”, la confluencia del Iguazú en el Paraná que hace de límite entre Argentina, Paraguay y Brasil.
Gran vista hacia los ríos y al imponente “puente de la integración” entre Brasil y Paraguay que están terminando y reemplazará próximamente al siempre atestado “puente de la amistad”.
LAS CATARATAS DE AGUAS GRANDES
Al día siguiente fuimos temprano a las cataratas (habíamos sacado por Internet entrada gratuita al Parque Nacional por nuestra condición de jubilados). Allí contratamos la excursión “Gran Aventura” de Iguazu Jungle, consiguiendo lugar en una inmediata salida.
Te llevan en camiones especiales por una picada en la selva hasta el embarcadero donde te suben a una lancha provisto de una bolsa impermeable para guardar tus cosas, ya que el paseo incluye “ducha” bajo las cataratas.
Después de almorzar unos sándwiches en una jaula instalada por el establecimiento para impedir el acceso a monos y coatíes, nos largamos a hacer las caminatas. Primero, la impresionante “garganta del diablo”,
a la que accedimos mediante el trencito instalado al efecto,
y luego se camina por una extensa pasarela que va cruzando el ancho río Iguazú pasando por varios islotes. Por allí andaban muy confianzudas y pedigüeñas unas urracas criollas, mucho más bonitas que sus parientes europeas.
Después el circuito superior,
el inferior (muy limitado por reparaciones)
y el sendero verde. Disfrutamos de esas espectaculares vistas entre la selva (la famosa “mata atlántica” que continúa extensamente por el litoral brasilero), con el plus de que el río en esta oportunidad llevaba realmente mucha agua. Al fin del día habíamos batido el record de pasos según nos indicaba el celular: más de 20.000.
A la mañana siguiente nos pasaron a
buscar temprano, según lo convenido, para una excursión en trafic con destino a
Ciudad del Este (Paraguay), Foz de Iguaçu (Brasil) y las cataratas del lado
brasilero. Lo de Paraguay era para hacer compras y no nos interesaba, pero
queríamos mediante esta excursión acortar y agilizar los trámites fronterizos,
cosa que se logró pues el conductor esquivaba por las banquinas las enormes
colas de vehículos que esperaban para cruzar.
En el lado brasilero no hay trencito pero sí un autobús que te lleva a los circuitos de observación. Algún que otro coatí con su larga cola nos daba la bienvenida.
No hay muchos circuitos como en el lado argentino, y se nota que tienen muchos años, no han tenido necesidad de repararlos ni cambiarlos pues están hechos en la roca, no pasan sobre el agua como ocurre en nuestro lado, salvo el pequeño tramo que va a la Garganta del Diablo.
POR EL PARAGUAY
Al día siguiente, sábado, salimos muy
temprano (6:50) para tratar de evitar embotellamientos en la frontera, rumbo a
Asunción.
Como no hay puente para cruzar
directamente a Paraguay, hay que ir primero para el lado brasilero. El plan
original era aprovechar esto para visitar la gran represa de Itaipú, distante
apenas unos 15 km de Foz de Iguaçu, basándonos en que según Google se puede
cruzar por sobre la represa al Paraguay. Pero nos confirmaron que esto no es
posible, había que volver a Ciudad del Este y esto nos complicaba. Así que
dejamos lo de Itaipú para otra oportunidad, y encaramos hacia el oeste por la
carretera paraguaya 2, que en su mayor parte es autovía, muy señalizada, pero
constantemente interrumpida por muchos pueblitos, con las consiguientes
reducciones de velocidad permitida. Se pasa por la cordillera de Caazapá (“más
allá del monte” en guaraní), pero allá llaman cordillera a estas pequeñas
sierras que no pasan de 500 metros.
Cerca ya de Asunción se ve desde la ruta
a lo lejos el famoso lago de Ypacaraí, y el gran Asunción (casi 3 millones de
habitantes) empieza unos 20 kilómetros antes de llegar, con lo cual las demoras
son importantes y nuestro arribo al hotel Palmas del Sol se produjo recién a
las 14:30, y eso que Paraguay tiene una hora menos, así que eran las 15:30
argentinas.
La tarde la empleamos en una caminata hasta el Panteón de los Héroes, a pocas cuadras del hotel y en pleno centro, en la Plaza de la Democracia.
Se trata de un edificio hecho a semejanza del Panteón de París, empezado en 1863 pero a consecuencia de las guerras fraticidas (Triple Alianza y Chaco) en las que se vio envuelto el Paraguay, recién se pudo terminar en 1936. Originalmente iba a ser destinado a Oratorio de Nuestra Señora de la Asunción, pero por decreto de 1934 fue destinado a Panteón de los Héroes. Sin embargo, por presión eclesiástica se lo destinó a ambas funciones, dejando en evidencia la nula separación entre Estado e Iglesia. Allí reposan los restos del mariscal Solano López, el mariscal Estigarribia, soldados desconocidos, niños mártires y algunos más.
También caminamos hacia el Palacio de los López (hoy también palacio presidencial), con diversas recomendaciones sobre seguridad que nos daban. Sabíamos que por la hora ya estaba cerrado, pero le sacamos una foto pese a que la mitad estaba tapada por refacciones.
A la noche pedimos una pizza delivery al hotel, que tenía un hermoso jardín donde comer.
Resultó que la pizzería “Estilo Gesell” era de un compatriota de Villa Gesell radicado allí. Charlando amablemente, nos recomendó que para salir rumbo a Corrientes era preferible cruzar en balsa por Itá Enramada. En lugar de ir hacia el norte para cruzar por el puente el río Paraguay (dentro del país) y luego el Pilcomayo, se va directamente hacia el sur y se cruza solamente el Pilcomayo al sur de Clorinda, pagando unos pesos pero ahorrando mucho tiempo. Estábamos decididos a hacerlo, pero resultó que los domingos no funcionaba. El amigo geselino tuvo la amabilidad de llamarnos al hotel para avisarnos esto. Así que volvimos al plan original.
OTRAS PALMERAS POR EL CAMINO
Otra vez tempranito, por los temas
fronterizos, salimos por la costanera de Asunción, que sorpresivamente no lleva
el nombre de ningún militar, sino de José Asunción Flores, músico inventor del
ritmo de la guarania, nombrado así en homenaje a la raza guaraní. Entre las
guaranias que hizo con poesías de Manuel Ortiz Guerrero se encuentra la famosa
“India” (bella mezcla de diosa y pantera…)
Cruzamos el gran puente sobre el río
Paraguay (grandioso río que divide en dos a este país) y después de hacer
aduana sin muchas demoras en el mucho más modesto río Pilcomayo regresamos a tierra
argentina.
A poco de andar siguiendo el curso del río Paraguay, que ahora hace de límite entre ambos países, empezamos a ver palmeras.
Muchas palmeras, bosques de palmeras, multitud de palmeras todo el camino. Podrían hacerse varios “parques el palmar”.
No ha sido el caso, porque las tierras deben ser privadas, pero tampoco se han molestado en sacarlas, ya que no hay agricultura por estos lugares, y a las pocas vacas que se ven no les impiden pastar. Quizás por eso siguen embelleciendo el paisaje con su presencia. Pero no son como las que veíamos a la ida junto al río Uruguay. Estas son palmeras caranday, y tienen las hojas con forma de palma de mano, a diferencia de las yatay del río Uruguay, que tienen hojas alargadas.
Pasamos por Resistencia, visitamos el centro que estaba bastante solitario en horas de siesta, y constatamos que sigue siendo una ciudad que da cabida al arte escultórico en sus calles.
El imponente puente General Belgrano sobre el Paraná termina en la costanera de Corrientes, una de las más lindas del país. Muy concurrida por gente que a la tardecita todavía disfrutaba del sol en la extensa playa.
Nosotros aprovechamos para ver la puesta del sol en el río mientras nos clavábamos una cervecita.
Una vez instalados en el hotel volvimos a la costanera para cenar en “El mirador”, un exquisito pacú grillado.
MAS TERMAS DE AGUA SALADA
Por la mañana salimos rumbo a la ciudad
entrerriana de La Paz. A 60 kilómetros de andar pasamos por Empedrado, pueblo
que decidimos visitar porque en el relato manuscrito que hice del viaje de 1978
había anotado: “población que mantiene el estilo del siglo pasado” que en ese
momento era el XIX. Constatamos que sigue siendo así.
Al pasar por Lavalle el camino se acerca
mucho al Paraná, tanto que se ve el río al fondo de cada callecita. En sus
cercanías se ofrecen terrenos en el barrio privado “Nogales del Paraná”.
Llegamos a La Paz a eso de las 14:30, encarando directamente a las termas. Después de almorzar unos sándwiches en el barcito allí instalado, disfrutamos de estas piletas con vista al Paraná hasta la puesta del sol.
El agua es más salada que la de Concepción del Uruguay, haciendo que sea fácil flotar. También es necesaria una ducha de agua potable al salir para sacarse la sal que te queda en el cuerpo y en la malla.
A la noche volví a darme el gusto de
comer pescado de río. Esta vez fue una rica boga a la criolla en “La canoa”, un
popular restaurante del puerto de La Paz. No la cuento a Silvia en estas
degustaciones ictícolas, a las que les escapa. Ella se mandó una provoleta con
rúcula y panceta.
Al día siguiente salimos rumbo a Buenos
Aires, llegando sin inconvenientes al departamento de Martín a las 15:30.
Los indicadores del auto cantaban que
habíamos recorrido 4440 kilómetros desde nuestra salida de Mar del Plata, en
67:39 horas de manejo.









































