domingo, 9 de agosto de 2015

UN VIAJE CLASICO: ITALIA Y GRECIA



Mayo 2015

Protagonistas: Silvia, Diana, Ernesto, Pachi
Recorrido: Buenos Aires – Barcelona (por Air-France), Barcelona – Venecia (por Ryanair); Venecia – Verona – Milan – Rapallo – Florencia – Roma – Nápoles – Roma (por tren), Roma – Atenas (por Vueling), Atenas – Barcelona (por Vueling), Barcelona – Buenos Aires (por Air France).
Duración: 22 días (del jueves 7 al viernes 29)

VENECIA, CIUDAD UNICA
Barcelona fue el escalón para llegar a Venecia, vuelo Ryanair mediante. Nos instalamos en el hotel Delle Rose, en un tranquilo barrio de Mestre, desde el cual llegábamos en 10 m. de ómnibus a la Piazzale Roma, centro de transportes en la isla. El primer día nos largamos a recorrer el Gran Canal mediante el popular “vaporetto” línea 1, que hace las veces de “colectivo acuático”, realizando diversas paradas o “fundamenta” y que permite apreciar en el recorrido la belleza de una seguidilla de palacios con los que los venecianos competían en esplendor, aprovechando la seguridad que tenían de no ser atacados por la especial ubicación de esta ciudad. Pasamos bajo el puente de Rialto, 
el más antiguo y célebre de Venecia, y tras la parada en la basílica Santa María de la Salud,
 bajamos en la fundamenta San Marcos. He aquí la plaza más famosa de la ciudad, con su Palacio Ducal,

 la torre del reloj, el campanile

y la grandiosa basílica de San Marcos. No pudimos ingresar en ella, porque eran ya pasadas las 17, hora en que se cierra al público, y tampoco nos quedó la chance del día siguiente, pues los domingos también está cerrada, cosa curiosa siendo una iglesia.
Pero sí pudimos subir al campanile, por ascensor, desde donde se logran buenas vistas de la ciudad y sus alrededores.


De pronto se largó una violenta tormenta, que rápidamente dejó desierta la siempre concurrida plaza.  
Pero fue breve, y poco después pudimos seguir recorriendo las sinuosas callejuelas, empezando por la comercial Mercerie, desde donde se aprecia la torre del reloj desde atrás.

A cada paso hay puentecitos para cruzar los numerosos canales surcados por góndolas.

Del otro lado del canal está el barrio Dorsoduro, menos turístico pero igualmente pintoresco. Allí descubrimos el “Aperol Spritz”, trago a base de licor de naranjas, champagne y soda que lucía en todas las mesas de los bares, y nos instalamos a disfrutar de uno, vicio que repetiríamos en otras ocasiones.
Al día siguiente, domingo, hicimos otra recorrida por Venecia. Caminamos hacia el puente de Rialto, desde donde se aprecia la Ca’ d’oro,
uno de sus bellos palacios, junto a la “fundamenta” que lleva su nombre. Venecia tiene callejuelas increíblemente angostas,






artistas callejeros, 
 ropa colgada en las alturas cruzando los canales 

y, afortunadamente, alguna placita donde sentarse a la sombra para 

tratar de orientarse en ese laberinto.
 También hay muchas iglesias. En uno de los “campi” se juntan 3, y vimos a los fieles concentrarse para cantar al son de la guitarra empuñada por el cura.




Al mediodía abordamos un barquito para conocer las cercanas islas de Burano y Murano. La primera isla, muy pequeña,  es la “capital del encaje de hilo” y se caracteriza por sus casitas coloridas y la presencia, como en Venecia, de canales (hay tres).

También está el campanile de San Martino, inclinado como el de Pisa.
La isla de Murano, por su parte, es conocida por la fabricación de cristal, y se puede ver a los sopladores practicando su oficio.
VERONA, CIUDAD ROMANTICA
Al día siguiente abordamos sin problemas el primero de los trenes que habíamos contratado meses antes por Internet. Un tren muy confortable
que en una hora nos dejó en Verona, la famosa ciudad de Romeo y Julieta, muy recomendable de visitar, ya que allí está el famoso anfiteatro romano del siglo I llamado “Arena”,
que a diferencia del Coliseo romano se utiliza actualmente para funciones de ópera, y en esos momentos se exhibían a su alrededor gigantescas escenografías de Aída,
para una función programada para algunas semanas más tarde. Es muy bonita la caminata hacia la supuesta “casa de Julieta”, donde además del balcón (incorporado en 1940), hay una estatua de bronce de la heroína en el patio, siendo curiosa costumbre general sacarse una foto tocándole una teta.
De allí hay pocos metros hasta la Piazza Erbe,
centro de la ciudad, que cuenta con un mercado al aire libre, fuentes y estatuas. Rápidamente se accede a la orilla del río Adigio, donde hicimos un picnic, continuando luego el recorrido por sus orillas arboladas. Enfrente vimos el Teatro Romano, sobre una colina. Había un grupo de chicos con un profesor vestido tipo Sófocles que les daba una lección alusiva.

Junto al Ponte Pietra hay más colinas arboladas,
y camino al CastelVecchio un pato confiado nos hacía compañía.

Junto al puente Scaligero se encuentra este castillo del siglo XIV en donde funciona actualmente un museo.
En la estación de Verona habíamos dejado en custodia las valijas, y teníamos que volver antes de las 20 para recogerlas y seguir nuestro viaje hasta Milan, donde llegamos por la noche y nos hospedamos en el Hotel Aspromonte, frente a la plaza del mismo nombre.
MILAN Y SU MARAVILLOSO DUOMO
A la mañana siguiente tomamos el metro rumbo a un objetivo principal en esta gran ciudad: el Doumo,
centro neurálgico de Milan desde que se empezó a construir en 1386, en estilo gótico flamígero, y pese a que recién se terminó en 1965 los distintos arquitectos mantuvieron el estilo. Es una gigantesca iglesia que deslumbra por su tamaño (158 mt. de largo y 108 mt. de altura) pero más por la belleza de su ornamentación. La nave principal de 45 mt. de altura está sostenida por grandes pilares fasciculados que rematan en doseles esculpidos que albergan estatuas,
y puede admirarse en su interior cantidad de pinturas, monumentos funerarios y estatuas, destacándose la de San Bartolomé, cuyo autor Marco de Agrate destacó el cuerpo desollado del santo, cuya piel le cuelga como un manto sobre los hombros.
Pero lo más espectacular del Duomo resultan los tejados. Adquiriendo una entrada se accede a un verdadero bosque de pináculos, chapiteles y cresterías que deslumbran por sus detalles y por su tamaño.



La entrada incluye una visita al museo del Duomo, donde hay gárgolas, pinturas y esculturas, incluyendo algunas que representan al dios Jehová.

Cerca del Duomo se encuentra la Galleria Vittorio Emanuele II,
cerrada con una inmensa cúpula vidriada, y que alberga a importantes firmas comerciales, básicamente de indumentaria. En el piso está la figura de un toro a la que la costumbre impone pisarle los testículos.
Saliendo de la galería, se encuentra a pocos metros la famosa Scala de Milan.
Ese martes representaban la ópera Turandot de Puccini, a la cual pensábamos asistir, pero no pudimos adquirir las entradas por Internet. Nos tiramos el lance de conseguir entradas allí mismo, de algún revendedor, pero no tuvimos éxito, así que pasamos al “plan B” que era visitar la Exposición Internacional que se estaba llevando a cabo en esta ciudad. Tomamos el metro que finaliza su recorrido en la Expo.
Nos encontramos con que teníamos que caminar muchísimo por grandes instalaciones desiertas hasta llegar a la entrada. Allí, tras superar revisaciones propias de un aeropuerto, siguió la larga caminata viendo los stands de distintos países
hasta que llegamos al de Argentina, en el cual había mucha gente para degustar asado y vino de nuestras pampas, pero no contaron con nosotros pues los precios eran muy altos.
Así que cenamos en un stand italiano y emprendimos la retirada, lamentando que la Expo no parecía estar a la altura de las gigantescas inversiones que se han realizado.

El día siguiente estaba destinado a una excursión al lago de Como, al cual se accede por tren de cercanías. La estación de la localidad de Como se llama San Giovanni, pero hay que tener cuidado porque hay otra estación San Giovanni a pocos kilómetros de Milan, y se corre el riesgo de sacar pasaje equivocado para ese lugar, cosa que nos pasó a nosotros, y nos deparó tener que darle explicaciones al guarda… y pagar la diferencia, aunque nos perdonó la multa. El lago de Como está en la región alpina limítrofe con Suiza, lo cual asegura hermosos paisajes, que se pueden apreciar desde el barquito que nos llevó de Como a Bellagio.
Algunas cumbres alpinas se encontraban nevadas.
Muchas edificaciones se levantan sobre las montañas que rodean el lago. Bellagio es la población más renombrada del lugar. Disfrutamos de un picnic en su hermoso paseo costanero, que tiene canteros del mismo estilo que los de la diagonal Pueyrredon de Mar del Plata.
La caminata, con agradables paisajes,


nos llevó hacia el extremo de la península de Bellagio, que es donde el lago se bifurca en dos grandes brazos.
CINQUE TERRE

Al día siguiente (jueves) tomamos el tren que nos llevaría a Rapallo, ciudad costera cercana a Génova, pero también a la zona de Cinque Terre, que era nuestro principal objetivo. Antes de salir, aprovechamos para recorrer la estación ferroviaria Milano Centrale,  de gran valor arquitectónico, construida en épocas del fascismo de Mussolini.


Esta vez nos tocó un tren del tipo con compartimientos,con el cual llegamos en dos horas y pico a nuestro destino, alojándonos en el hotel Miró, en el Longomare (costanera).
Rapallo es una ciudad pequeña, de unos 30.000 habitantes, que ocupa una pintoresca bahía,
con un bonito puerto deportivo.
Al otro día hicimos la visita a los 5 pueblitos costeros que componen el Cinque Terre.  El tren permite con el mismo pasaje ir bajando en cada pueblo y volver a subir. El primer pueblo es Monterosso,
que cuenta con una bonita playa, que hubiera sido lindo disfrutar de no ser por la tormenta que se abatió apenas llegamos, pero que no nos impidió recorrer sus callejuelas.
En Vernazza hay una torre medieval a la que se puede subir por una estrecha escalera y por un módico precio, y desde la que se obtienen excelentes panoramas.
Corniglia tiene seguramente una de las estaciones de tren con mejor vista en el mundo,
pero desde ahí hay que subir mucho hasta el pueblo. Nosotros lo hicimos mediante un colectivo, pero bajamos por las escaleritas. En el trayecto se puede apreciar el siguiente recorrido del tren, hasta Manarola, que es puro túnel.
En Manarola se destaca la elevada pasarela hasta Punta Bonfiglio. Allí se obtienen las mejores vistas.
Son típicas de estos lugares las “focaccia”, una especie de pan aceitoso, y los cucuruchos de mariscos.
FLORENCIA, CIUDAD DEL ARTE
Al dìa siguiente (sábado) partimos siempre por tren hacia Florencia. Antes de llegar a Pisa, el tren pasa por la zona de Carrara, y se ven en muchos lugares las grandes planchas del famoso mármol blanco.
Llegamos a Florencia por la tarde, y nos alojamos en el gran hostel Florencia Plus. Esa misma tarde aprovechamos para visitar la Galleria dell’ Academia, donde se encuentra en lugar muy destacado el famoso David de Miguel Angel.
De allí caminamos hasta la Piazza del Duomo, disfrutando del monumental conjunto arquitectónico renacentista Catedral – Baptisterio – Campanile, en notable combinación de mármoles de colores.




Continuamos la caminata hacia la Piazza Della Signoria, que es un verdadero museo de esculturas al aire libre, entre ellas la fuente de Neptuno, de Bartolomeo Ammannati y otras bajo la recova llamada Logia dei Lanzi.

En esa plaza está el Palazzo Vecchio, sede del ayuntamiento de Florencia, del cual visitamos su espléndido patio interior.
También está por allí la famosa Galleria Uffizi. Allí se quedaron Diana y Ernesto, aprovechando que era la “Notte dei Musei”, mientras que Silvia y yo (que la habíamos visitado en 1997) continuamos unos metros hasta el Arno, disfrutando la vista del Ponte Vecchio al atardecer.
Al otro día  pasamos por los puestos de venta callejeros y llegamos nuevamente a la Piazza del Duomo, ingresando al Baptisterio, con sus magníficos mosaicos dorados en el techo,  
y al  Duomo, donde me sentí calificado por una inscripción en el piso
La enorme cúpula presenta en su interior imágenes que testifican los terribles castigos a que serán sometidos los que descrean del dios Jehová y su hijo Jesús.
Luego continuamos hasta la piazza Santa Croce, con su basílica que tiene en su exterior la estatua del gran poeta florentino Dante Aligheri, 

y su interior es una especie de panteón de glorias italianas, ya que allí están las tumbas de Machiavello,Miguel Angel, Gioacchino Rossini, y hasta el castigado Galileo Galilei.
Luego cruzamos el Arno y seguimos la caminata hasta el Palacio Pitti. Este gigantesco palacio alberga varios museos, y te ofrecen dos o tres opciones distintas para visitar: nosotros elegimos un combo que incluía los jardines del Boboli, el museo de la porcelana y el de la moda. 
Luego de un pequeño picnic efectuado junto a una fuente,
terminamos el paseo por los jardines y volvimos hacia el ponte Vecchio, famoso por sus joyerías,
y pudimos ver el curioso “corredor vasariano”, pasaje cubierto que conecta el palazzo Vecchio con el Pitti. Acá se pueden apreciar las ventanitas cuadradas que señalan su paso sobre una arcada que cruza una calle.
En esos momentos pasaba por ahí cerca un colorido desfile de tambores.
Seguimos hasta la plaza de la República, la más grande de Florencia, con su arco de triunfo, de 1895.
Terminamos la jornada llegando en colectivo hasta la piazzela Michelangelo, sobre una elevación que permite lindas vistas panorámicas de la ciudad.
ROMA, PARA CAMINAR
Al dìa siguiente tomamos el tren que recorrió los 275 km que separan Florencia de Roma  en hora y media, ya que corría a 247 km/h. llegando al mediodía al departamento que habíamos alquilado, así que a la tarde partimos a caminar por el Foro, visitando el gigantesco Coliseo,
el arco de Constantino (aquí visto desde el Coliseo), etc. Y seguimos rumbo a la iglesia San Pedro Encadenado, donde se encuentra el Moisés de Miguel Angel.
Luego, continuamos hasta el Palacio del Quirinal, la Fontana di Trevi, que estaba en grandes refacciones,
 y la plaza de España, con sus escalinatas muy concurridas.
Al otro día (martes) arrancamos rumbo al Vaticano para visitar la máxima iglesia católica: San Pedro, con su enorme plaza rodeada por las columnatas de Bernini.
Tras hacer la cola y pasar los controles, sacamos la entrada para subir a la cúpula por ascensor, sin percatarnos de que igual había que subir más de 300 escalones desde el punto en que nos dejaba ese artefacto.
Pero ya estábamos en el baile y el esfuerzo nos permitió disfrutar de hermosas vistas.
En el interior de la basílica impresionan las magníficas obras de arte, destacándose por supuesto la famosa Piedad, de Miguel Angel.
Luego caminamos hasta el Castel Santangelo, junto al Tiber,
y cruzando por el majestuoso puente Vittorio Emmanuel II,
continuamos por el “corso” del mismo nombre hasta el Campo dei Fiori, donde un gran mercado al aire libre rodea la estatua de Giordano Bruno, aquel científico víctima de la Inquisición.
Allí nos encontramos con Diana y Ernesto, que habían visitado los Museos Vaticanos, y seguimos la caminata rumbo a la Piazza Navona, con sus fuentes y sus vendedores africanos,
llegando luego hasta el Panteón, ex mausoleo romano que se salvó al ser transformado también en iglesia católica.
La caminata, que en Roma es ideal por la cantidad de cosas para ver, nos llevó otra vez a las orillas del Tíber, visitando la iglesia donde se encuentra la “Boca de la Veritá” cumpliendo el ritual de meter la mano en ella.
De allí cruzamos a la Isola Tiberina,
pasando al otro lado justamente al Trastevere, donde terminamos la jornada cenando en uno de sus pintorescos restaurantes.
Al dìa siguiente nos dispusimos a concurrir a la galería Borghese, ubicada en el gran parque llamado justamente “Villa Borghese”.
Conste que para entrar a este museo habíamos comprado entradas por Internet con mucha anticipación. Bajamos en el metro en Piazza Spagna, que limita con el parque, y caminamos por los jardines hasta llegar a la galería, que alberga una no muy extensa colección de obras de arte, entre las que se destaca “el rapto de Proserpina”, de Bernini.
Al finalizar la visita, salimos de Villa Borghese por la salida que da a via Veneto. En esta elegante avenida se ofrecía carne argentina, italiana y yanqui, junto con carne "halal", es decir obtenida de acuerdo a los ritos musulmanes.
Caminamos hasta la Piazza Barberini., donde se destaca la fuente del Tritón, que también es obra de Gian Lorenzo Bernini.
Continuamos por la “via delle quatro fontane” hasta el cruce de calles donde se encuentran las 4 fuentes, una en cada esquina.
Emprendimos el retorno hasta la piazza Spagna, esta vez a la parte superior de las escaleras,
y continuamos la caminata hasta la Piazza del Popolo, con sus iglesias gemelas y su amplitud que se presta a la realización de grandes actos públicos.
VIMOS NAPOLES Y NO MORIMOS
“Ver Nápoles y después morir” dice el refrán, pero afortunadamente no ocurrió… y tampoco era para morirse lo que vimos.
Esta vez el hotel Garibaldi nos quedaba muy cerca de la estación. Sólo había que cruzar la extensa plaza del mismo nombre, en la que se estaba construyendo una entrada del metro y una curiosa ornamentación.
Una vez instalados, nos largamos a una caminata hacia la costa, en la cual Silvia tuvo un tropezón que fue caída, dándose un buen golpe en la cara que provocó que de aquí en más posara en las fotos del lado sano
o con unos grandes anteojos oscuros, adquiridos para la ocasión a los vendedores ambulantes que pululaban junto al hotel.
En la costa se encuentra el Castel Nuovo,
el puerto, una playa rocosa al parecer apta para las efusiones amorosas
y más allá otro castillo, el Castel dell’ovo, desde el que se obtienen buenas panorámicas.
Bordeamos el jardín llamado “Villa Comunale” y tomamos el metro de regreso en la estación Amedeo.
Al día siguiente encaramos una excursión  hacia la isla de Capri. Tomamos el tren a Sorrento, que en el trayecto de 50 km para en 33 estaciones. Es que Nápoles es una de las grandes aglomeraciones urbanas de Europa, con algo de 3 millones de habitantes entre ciudad y conurbano. Sin embargo, entre pueblo y pueblo se aprecia una campiña de olivares con el Vesubio atrás.
En Sorrento se disfruta un lindo paisaje desde la altura.
Para llegar abajo, al puerto, utilizamos un ascensor, y luego un barquito nos llevó hasta la famosa isla.


No se podía visitar la Gruta Azul, por la marea alta, así que tomamos el funicular que nos llevó hasta la zona alta de la isla.
De regreso en Sorrento, nos quedaba la visita a la costa amalfitana. Esto lo hicimos en un ómnibus, que recorre 30 kilómetros de sinuoso camino costero en 2 horas, o sea un promedio de 15 km/h. Podemos decir que este fue el “día del medio de transporte” ya que usamos cinco: tren, ascensor, barco, funicular y ómnibus. El camino resulta espectacular por los caseríos que se amontonan en las abruptas laderas que caen al mar desde alturas de vértigo.
Llegando a Amalfitano, se destacan sus callejuelas y una colorida iglesia.
El tercer día en Nápoles estuvo destinado a visitar las famosas ruinas de Pompeya. Tomando el mismo tren del dìa anterior, y a mitad del camino a Sorrento, llegamos a este importante sitio arqueológico, con sus templos, sus viviendas y sus teatros, que resultaron conservados por las cenizas de la erupción del Vesubio en el año 79. El clima no acompañó al principio, pero luego mejoró.
Por la noche la cita era casi sagrada en “La Cantina de Mille”, en la plaza Garibaldi, muy cerca del hotel, con muy buenas comidas y precios.
Al día siguiente debíamos volver a Roma para volar hacia Atenas, pero el tren salía a las 14, así que nos hicimos tiempo a la mañana para visitar el Museo Arqueológico de Nápoles, vía caminata por el centro histórico que nos permitió conocer también su grandiosa catedral. En el trayecto, un barcito vacío mostraba la permanente devoción napolitana hacia Maradona.

El Museo Arqueológico presenta importantes piezas obtenidas en las ruinas de Pompeya, de las cuales hay también una enorme maqueta.
También grandes estatuas y grupos escultóricos de la antigüedad.
Y resulta notable el “Gabinetto Segreto”, durante mucho tiempo oculto al público por contener obras de arte abiertamente sexuales.
Actualmente un cartel indica que no es conveniente para niños, pero esto es muy discutible. “Nos escondemos para hacer el amor, pero matamos a plena luz del día” dijo John Lennon.
Algunas obras parecen reflejar actos zoofílicos, sin embargo aquí el penetrador no es muy humano tampoco.

ATENAS Y EL MAR
Efectuados los viajes según lo previsto, a la noche nos encontrábamos en Atenas, instalados en el hotel Cristal City, adonde nos llevó desde el aeropuerto la gente del tour que habíamos contratado en este destino.
Al dìa siguiente arrancó tempranito el city tour programado, que nos llevó al estadio olímpico Panathinaiko o Kalimármaro,
el templo olímpico de Zeus,
la plaza Sintagma con el Parlamento, y los tres edificios neoclásicos que se encuentran sobre la avenida Panepistimo: biblioteca, universidad y academia.
El circuito terminó en la Acrópolis, donde una guía muy didáctica nos informó sobre el empinado teatro de Herodes Atico,
el pequeño templo jónico de Atenea Nike, las cariátides
y por supuesto el Partenón.
Luego continuamos la caminata por nuestra cuenta, llegando al templo de Hefestos,
muy bien conservado, y el museo de la antigua Agora, reconstrucción de la Stoa de Atalo, extenso pórtico helenístico, hecha en la década de 1950.
Más tarde decidimos contemplar el atardecer en la colina Lycabettus, siguiendo la recomendación de nuestro asistente en el tour. Este es el punto más alto de la ciudad, que podíamos ver al fondo de la calle desde la ventana del hotel.
Se accede mediante un funicular, que lamentablemente va siempre por un túnel. Pero la vista desde arriba es majestuosa.
Así como habíamos ido en taxi hasta el funicular, tomamos otro con la idea de que nos llevara a cenar al barrio de Plaka, típico de restaurantes, pero el solícito taxista nos convenció en un rústico inglés de que allí no había pescado fresco, así que tras largo recorrido nos dejó en la puerta del restaurant Zeus, donde “fuimos atendidos por las hermanitas de la caridad”. La mesa daba al mar y se veían los pececitos, pero la comida no fue gran cosa, y el precio sí!
Al día siguiente (martes) nos tocaba la excursión terrestre hacia la región de Argólida, ubicada en la península del Peloponeso. Para entrar en esa península, hay que cruzar el canal de Corinto,
construido en 1893. El camino transcurre por la zona oriental del istmo de Corinto, y nuestra guía, tan capacitada como la del día anterior, nos hizo una extensa reseña histórica sobre la batalla naval de Salamina, que se desarrolló en esas aguas en el año 480 a.c., en la que la flota griega se impuso a la persa, dando comienzo al siglo de Pericles, esplendor de la cultura ateniense. Allí se pueden ver hoy en día instalaciones dedicadas a la acuicultura.
La siguiente parada fue en el teatro de Epidauro, muy bien conservado y de notable acústica, donde hoy en día se representan todavía las tragedias de Sófocles y Eurípides.
Después seguimos hasta la llamada “tumba de Agamenón”, que data del siglo XIII a.c. La guía nos relató que la historia de la guerra de Troya narrada en la Ilíada por Homero, tiene atisbos de realidad, por eso se especula con que esta podría ser la tumba del héroe de Micenas.
Justamente a pocos metros de allí está las ruinas de la ciudad amurallada de Micenas, su Acrópolis, con la notable “puerta de los dos leones”.
Por la noche paseamos por el centro de Atenas que conserva una de las pequeñas iglesias ortodoxas, adornada por un bien sudamericano jacarandá en flor, que también veríamos luego en Barcelona.
Al otro día teníamos la excursión marítima
hacia algunas islas del mar Egeo cercanas a Atenas.
La primera en ser visitada fue la pequeña isla Hidra, donde no se permiten vehículos a motor (como en Isla Grande de Brasil y en la Isla del Sol de Bolivia), y te ofrecen burros para hacer paseos.
Luego, la isla de Poros, con su torre del reloj.
Por último, Egina, famosa por la producción de pistachos, los cuales compramos en un puesto callejero.
Allí pudimos recorrer también sus pintorescas callecitas.
BARCELONA Y LA VUELTA
El día siguiente (jueves) encaramos el operativo retorno. Volamos hacia Barcelona, a donde llegamos a la tarde, parando en el mismo Hostal Central que cuando empezamos el viaje.
El resto del día fue dedicado a hacer compras en Decatlon.
El viernes 29, nuestro último día en Europa, hicimos también nuestra última caminata. Primero hacia la cercana (al hotel) iglesia Sagrada Familia, obra maestra del catalán Gaudí, rodeada de un bello parque en el que se destacan los floridos jacarandá sudamericanos, que ya habíamos visto en Atenas.
Su interminable construcción continúa, como lo atestiguan las grúas y andamios funcionando.
Luego, el arco de triunfo,
las ramblas, la catedral y la zona del puerto.
A las 20:30 tomamos el avión que, vía París, nos llevó de vuelta a Buenos Aires.
Un viaje clásico, porque... qué hay más clásico que Italia y Grecia?